lunes, 7 de mayo de 2012

¡SILENCIO!


¡ Shhhhhhhhhhhhhh!!, la bibliotecaria pide silencio continuamente. Los niños que están en la parte infantil hablan, se distraen y apenas hacen caso al cuento que tienen delante. Una madre persigue a su bebé que se divierte arrastrando las sillas de un lugar a otro.
El murmullo de las personas que conversan en la plaza sube y baja en función de la apertura de la puerta. Una melodía de flautas se apodera de las voces de la calle. Se puede identificar la canción, la más conocida de la película “Los niños del Coro”  pronto inunda la biblioteca. Me asomo por curiosidad; tres niñas con uniforme escolar ensayan la canción en el rincón más oculto de la plaza. Un rincón que se encuentra, ¡justamente!, al lado de la biblioteca. Dura poco, aunque ha sido intenso. De nuevo los sonidos de la plaza llegan de manera atenuada. Es llevadero, siempre y cuando, la puerta permanezca cerrada. Pero esta tarde no es mi tarde, el acceso nunca estaba quieto el  tiempo suficiente. El tráfico está entusiasmado, padres y niños entran y salen como si de un centro comercial en hora punta se tratase.
Miro a la bibliotecaria. Ella con porte serio sigue “¡Shhhhhhhhhhhhh!”. Se levanta e invita a varios niños a salir a jugar a la plaza. En unos minutos la estancia es más confortable, casi llegamos a ese nivel de silencio que considero debería ser sagrado. Por fin puedo concentrarme para escribir algo. Me preparo, miro a la calle buscando mi inspiración. La visión se torna opaca. Los cristales se llenan de adolescentes. Muevo la cabeza y me fijo en los libros; novela, ciencias aplicadas, ciencias puras, ciencias sociales, …, el orden de los libros me llama la atención. Puede ser un buen tema.
De repente,  un sonido estridente parece surgir de las manos de las adolescentes del cristal, música, música de móvil y más música de móvil.
Me levanto, hoy no es día para escribir nada.