martes, 3 de julio de 2012

INCENDIO


Polvoriento, sucio, cansado, apoyado junto a un coche de bomberos y rodeado de amigos y  vecinos de su pueblo. Tomaban agua y hablaban de cómo luchar contra las llamas que amenazaban con destruir todas sus posesiones. Había sido un incendio provocado, más virulento que en años anteriores. Un bombero conectó la radio para oír las noticias, la emisora “pública”, pagada con dinero de todos pero al servicio de los gobernantes, emitía las palabras del Presidente del Gobierno Autonómico. Hubo una parte del discurso que se les quedó grabado; “…invertiremos todos los medios que sean necesarios para combatir el fuego...”. Al oír eso todos se miraron, una sonrisa cínica les afloró en el rostro. Ellos, exbrigadistas forestales, que todos los años  realizaban tareas de limpieza en el monte, que habían construido corta fuegos, que vigilaban para evitar incendios y que habían sido despedidos porque decían que no había dinero. Ellos que conocían el desinterés de la administración para la conservación de nuestra naturaleza y sabían que las consecuencias de esta catástrofe podían haber sido minimizadas. Ismael bebió un último sorbo de agua, se incorporó. Todos lo imitaron, se ajustaron los cascos, los guantes y cogieron palas, sierras y demás utensilios que con la urgencia habían sacado de sus casas. Se encaminaron directos al Cerro del Pino Centenario, necesitaban cortar el avance del fuego en ese punto, si lo rebasaba, todo lo que tenían lo podían perder. Además, preferían enfrentarse a las llamas, a continuar escuchando las mentiras oficiales que surgían  implacables  por la ventanilla del camión. 

lunes, 25 de junio de 2012

AMARILLA CON RAYAS BLANCAS


Tumbado en su toalla azul, decorada con estrellas de mar, intentaba esconder la cabeza bajo la sombra protectora de su gran paraguas amarillo con rayas blancas. Necesitaba pensar, ordenar sus ideas, ahora comenzaba una nueva vida en soledad. A sus cuarenta y largos años se consideraba joven y no debía de tener ningún problema para comenzar de cero. Se incorporó quedándose sentado cara al mar, las personas paseaban por la orilla. Le gustaba observarlos, todos tan diferentes, pero a la vez tan parecidos.
Surgió a lo lejos, poco a poco su figura difuminada se fue aclarando, destacaba a pesar de la distancia. Su silueta estilizada, su largo cabello azabache suelto a merced de la brisa marina, ese precioso bañador de diseño que dejaban entrever sus encantos de diosa griega y esos ojos…, dos ojos cautivadores de un negro intenso que te marcaban a fuego si te miraban.  Se detuvo y echó un vistazo, él la miraba con cara de bobo y ojos inyectados en deseo. Ella no lo dudó y se fue hacia allí.  Juan cuando se dio cuenta miró a los lados, miró hacia atrás y entonces comprendió que realmente se dirigía hacia su sombrilla amarilla y con rayas blancas.
Le habló despacio, con voz suave, se presentó y sin más preámbulos se sentó a su lado. Torpemente fue contestada e invitada a una cerveza fría de su nevera portátil. En pocos minutos la conversación era fluida, ella era hábil preguntando y Juan (al principio de forma nerviosa e imprecisa) fue contestando. Pero a medida que disfrutaba de esos ojos, de esa sonrisa, fue ganando en seguridad y en confianza.
Juan no se creía lo que estaba ocurriendo, se encontraba en la playa con una preciosa sirena, le vida le acababa de dar un giro de 180 º.  Quería que el tiempo transcurriese más despacio, quería saborear el momento. Hacia mucho calor y ella le propuso un baño, juntos de la mano entraron corriendo al agua. Jugaron, rieron y él no pudo evitar rozar su cuerpo con el suyo. El estaba en una nube, se encontraba feliz, se lo estaban pasando muy bien, por eso se sorprendió tanto cuando ella le propuso salir del agua. En la orilla ella le beso fugazmente en los labios, luego le hizo girar la cara y le dio un leve bocado en el cuello. Juan se quedó extasiado, no pudo reaccionar cuando ella le dijo que en unos minutos volvía, que necesitaba recoger sus cosas. Echó a andar por la orilla, él no le quitaba la vista de encima, ella se giró fugazmente con una tierna sonrisa en los labios y Juan se fijo en esos ojos…., esos ojos maravillosos que le estaban transmitiendo, ¿tristeza?, creyó ver un atisbo de tristeza en su mirada. No podía ser, se había confundido, esto era increíble y él era el hombre con más suerte del mundo.
Ese gran paraguas amarillo con rayas blancas era inconfundible y Juan se encaminó hacia su toalla azul decorada con estrellas de mar. La dura realidad le estalló sin avisar en su cerebro ebrio de felicidad, la visión de su toalla vacía  bajo la sombrilla, donde no quedaba ni rastro de sus pertenencias, le hizo comprender el verdadero interés de una diosa griega por un mortal cuarentón y descuidado físicamente. 

miércoles, 20 de junio de 2012

LA PRIMERA CARRERA


07: 30 h. de la mañana, 700 participantes entre corredores y corredoras, todos apelotonados y nerviosos bajo el arco de salida. El speaker avisa de la inminente puesta en marcha, los últimos corredores se unen a la cola del pelotón. Se oye el disparo y todos salen apresurados hacia  las montañas. El primer tramo es de asfalto y todos se esfuerzan en llegar lo antes posible al comienzo del segundo. Thalos cuando llegó ya se estaba formando una fila para iniciar el  ascenso, la primera subida  era por un angosto sendero muy complicado para adelantar y que le obligaba a seguir el ritmo de su antecesor. Al llegar arriba se metieron en una pista forestal. El ritmo se incrementó, muchos aprovecharon para adelantar y para recuperar esos segundos perdidos por la subida.  La mitad de la carrera transcurrió igual;  subidas difíciles junto a pistas cada vez más cortas hasta llegar a la cumbre de la montaña. La vistas eran increíbles, preciosas y tramos peligrosos que invitaban a extremar las precauciones. Enseguida el descenso por caminos complicados, con desniveles altos y muchas piedras. Para quien no tenía técnica era mejor ir con cuidado para no sufrir un accidente. Los kilómetros costaban en ser recorridos y el tiempo pasaba demasiado deprisa. Había que volver a bajar por otro camino lleno de piedras y muy estrecho, las rodillas y los pies le dolían. Él solo pensaba en encontrar el camino que les llevaría hasta el pueblo. Punto de  avituallamiento y  otra vez a subir, los árboles le servían de  apoyo y se ayudaba en ellos para impulsarse. Un impaciente comenzó a pedir paso y a punto estuvo de ocasionar un incidente. Le recriminaron su actitud. Llegaron arriba y el camino se hizo más ancho, “el que llegaba tarde” avivó el ritmo y adelantó a todos los que pudo. Enseguida otra bajada peligrosa, eso no era un camino, era una grieta en la ladera hecha por la erosión de la lluvia. Thalos extremó las precauciones, era fácil cometer un error y romperse la crisma.  A unos 500 metros encontraron al que tenía prisa, tenía una pequeña brecha en la cabeza y unos arañazos en el cuerpo y seguro que el alma muy dolorida, había pisado una piedra suelta y resbaló, tuvo mucha suerte al encontrar un árbol que le paró la caída.
Thalos llegó a la carretera que les llevaría al pueblo, las piernas apenas le respondían, el cuerpo le pedía parar, otros corredores y corredoras le pasaban, pero el siguió con trote lento. Entrando al pueblo los vecinos les esperaban, los gritos de ánimo y los aplausos hicieron que por un momento las piernas dejaran de doler. Enfiló la larga calle que les llevaría al giro de entrada a meta. ¡Lo había logrado!.

jueves, 14 de junio de 2012

ANIVERSARIO


Hoy he comenzado el día de una manera especial, los sentimientos a flor de piel al sentir el cariño de las personas que aprecio y se han acordado de mí. Pero lo que más me ha llegado al corazón han sido frases como estás; “Papi  feliz cumpleaños”, “Feliz cumple papá”, acompañadas de regalos sencillos hechos con su propias manos rebosantes de amor y creatividad. La palabra mágica y cargada de amor sin fisuras, “Te quiero”, me ha sido dicha por las personas que más amo. Este es el mayor regalo que puedo recibir, no querría otro por muy espectacular que fuera.
Si tenemos alma, debe de ser la parte más escondida y profunda de nuestro ser, a mí me han llegado a ella. Los sentimientos me han atravesado el cuerpo como una flecha y me han dejado herido, con un dolor maravilloso que me hace ver lo feliz que me siento teniendo personas  que, con poco que les doy, lo mucho que me ofrecen. Es muy difícil expresar con palabras el sentir que me embarga. Estoy embriagado de emociones y muy agradecido por las atenciones recibidas. Sé que muchas veces no estoy a la altura, que soy un despistado y no me acuerdo de las fechas de los demás , sin embargo ellos se acuerdan de mi y hacen que hoy, el día de mi 30 y trece cumpleaños, sea diferente al resto de los 364 días del año. 

lunes, 11 de junio de 2012

Mañana de domingo


Aunque me encuentro refugiado bajo un árbol este poniente me alcanza y me asfixia. El vaso de cerveza fría me acompaña y la ropa me estorba. Me siento aislado, a pesar de tener a escasos 25 metros  a varios niños jugando dentro de la piscina, pero el piar de los pájaros, la ausencia de ruido de los coches, el sonido de las ramas mecidas por el viento y la no presencia de más adultos en las cercanías, me permiten concentrarme en mis cosas y disfrutar de la soledad del momento. Tengo un libro en mis brazos, he comenzado a hojearlo. El principio está lleno de datos que el autor puede considerar importantes para el desarrollo de la trama, pero a mi no me incitan a continuar.  Oigo voces que se acercan y me rodean, deduzco que me han visto solo y quieren hacerme compañía, sin saber que en estos momentos estoy con mucho calor, pero disfrutando de mi aislamiento. Antes de sentarse me saludan y miran descaradamente al libro. Como no lo conocen se les rompe esa vía de dialogo, ¡bien!. Me asaltan con la típica pregunta; ¿qué haces aquí tan solo?, y continúan con; ¿cómo llevas el calor?. Les miento, les digo que apenas noto este desagradable aíre caliente y que Paco, Lidia y Antonio han ido a por bebida. Comienzan a invadir mi espacio, cada vez se acercan más. Quieren entablar conversación, ¡qué pesados!, e interesarse por mi vida. Me acaban de fastidiar  mi momento de felicidad acalorada. Les contesto con monosílabos e intento no darles cancha. Ellos insisten, ¡me están jorobando!, la cerveza se acaba, la boca se me seca y el sudor invade mi ropa. No sé que tengo, no sé que les atrae de mí, pero no cejan en su empeño de aproximarse. ¡No lo aguanto más!, me levanto, me excuso y me encamino hacia otra parte. En cuanto salgo de mi árbol me doy cuenta de mi error, lo veo todo nítido y claro. No querían hacerme compañía, solo deseaban conquistar el trozo de sombra que yo poseía.