domingo, 1 de junio de 2014

LA ROSA BLANCA

  Por fin, después de un viaje de más de siete horas llegamos a este pueblo perdido en la Castilla profunda, atraído por una oferta de trabajo encontrada en internet y confirmada por quien ejercía la labor de autoridad local.
     Me presente en el domicilio del responsable y me llevó al que sería  mi hogar, por lo menos en los próximos doce meses. Una antigua casa, en el centro del pueblo, eso sí, reformada y recién pintada. No era lo que esperaba, yo me había imaginado que estaría situada cerca del bosque donde iba a trabajar de forestal. Buscaba soledad y tranquilidad, aunque pensándolo bien iba a ser algo parecido, me encontraba en un pueblo que apenas tenía 25 habitantes.
     Cuando me quedé solo y acomodado pude echar un vistazo a mi humilde morada; un sótano vacío, una planta baja sobriamente amueblada y un primer piso con habitaciones grandes y espaciosas.  Era enorme para mí solo, demasiado diría yo, imagino que esperaban una familia completa y no a un divorciado cabreado con el mundo.
    La primera noche fue de celebración, la botella de ron (especial para la ocasión) fue engullida en su totalidad y la borrachera tremenda, incluso creía haber escuchado ruidos y ver una mujer vestida de negro, con el pelo muy largo, que me dejaba un jarrón con una rosa blanca en la mesita de noche. El despertar fue parejo a la movida nocturna, un resacón del demonio me acompañó durante todo el día.
    La semana pasó veloz, durante el día vigilando el bosque y por la noche  orgía alcohólica, pero siempre la misma visión nocturna, dentro de la nebulosa de un borracho aficionado, una mujer vestida de negro, con el pelo muy largo, que se paseaba por la habitación y me dejaba un jarrón con una rosa blanca en la mesita.
     El sábado por la noche me invitaron a la reunión semanal de los vecinos y vecinas del pueblo, personas mayores y algunas familias, no pasábamos de la veintena. Se trataron temas del pueblo, posteriormente unos vinos,  cervezas y un poco de música para amenizar la velada, era el poco ocio que tenían disponible. Al ser la novedad, las pocas señoras mayores me sorteaban para bailar "agarrado". Yo me limitaba a complacerlas y a beber vino. Poco a poco me quedé solo y me marché a casa. Apenas pude llegar, la bebida del dios Baco me tenía los sentidos embotados. Al entrar me esperaba la figura de la mujer vestida de negro junto al sofá, se levantó rauda y me llevó a la ducha, me desnudó y abrió el grifo por el cual cayeron chuzos de punta que me dejaron el cuerpo helado y dolorido.    No sé cómo llegue a la cama, desnudo y tiritando de frío, lo único que puedo recordar es un cuerpo caliente y suave que se pegó a mí. Por la mañana, estaba solo y con mi amigo el dolor de cabeza, eso sí, el jarrón con una nueva rosa blanca seguía  encima de mi mesilla de noche.
     El domingo tenia fiesta, confundido por lo acaecido durante la semana, decidí salir a pasear para despejarme y pensar un poco. O yo me estaba volviendo loco a causa de mi adicción al alcohol o algo raro estaba pasando. Era hora de averiguarlo. Me pasé la tarde limpiando la casa, tiré por el retrete toda bebida alcohólica que pude encontrar; vino, ron, ginebra, cava, anís y coñac. Deje la casa limpia y me di una ducha con agua caliente. Me puse un pijama limpio y me senté en la cama a esperar a la figura de la mujer vestida de negro. El tiempo pasaba y no aparecía nadie. El cuerpo me pedía a gritos que me tomase un chupito de algo con más de 35º, cuando no pude aguantar más me fui a rebuscar por la cocina, no encontré nada así que bajé al sótano, deseaba que alguien se hubiese dejado algún cajón con bebida o encontrar una bodega secreta. Nada de nada, estaba completamente vacío. Apague la luz y me dispuse a subir las escaleras, me sentí observado y miré a la oscuridad de la sala, creí ver, durante unos segundos,  que de las rendijas de los ladrillos brotaban pequeños destellos luminosos. Enseguida desaparecieron, por lo que imaginé que había sido una mala jugada por mi abstinencia. Volví a la cama, me tapé. Me encontraba mal, sudaba copiosamente, pero tenía frío. Pronto comencé a delirar, en mis pesadillas la figura de la mujer vestida de negro  me protegía de los animales del bosque, me sonreía y me pasaba un paño húmedo por la frente, brazos y piernas.
     La mañana era fresca, bajé a la cocina y me encontré caldo de pollo casero en la nevera. No recordaba haberlo hecho, aún con las dudas, me lo tomé todo, estaba hambriento y sediento. Me fui a trabajar, necesitaba explicarme que me estaba pasando. No conocía a nadie con el que tuviera suficiente confianza para pedirle ayuda. Era un asunto que tenía que resolver yo.
     Al llegar a casa pude confirmar que no me estaba volviendo loco, mi hogar  estaba limpio y ordenado. Una rosa blanca y recién cortada, metida en un jarrón encima de la mesita de noche, me daba la bienvenida. No era un fantasma, la mujer vestida de negro existía.
     Ligeros ruidos me despertaron, despacito deje que mis ojos se habituaran a la oscuridad. Una negra sombra  se sentó a mi lado, notaba que me miraba, aunque yo no la veía. Yo me hice el dormido, quedándome atento a lo que pudiera pasar. No sé cuanto rato transcurrió, creo que mucho, la figura de la penumbra  me besó en la mejilla y abandonó la habitación. Me levanté despacio y la seguí a hurtadillas. Se metió en el sótano y cuando llegué, ya no estaba. ¿Me estaba volviendo loco? ¿era un sueño? No, un sueño no era, lo pude comprobar al golpearme en la cabeza con el dintel de la puerta del sótano, el dolor era muy real.
     Por la mañana no fui a trabajar, esto no podía seguir así. Me vestí, desayuné y cargado con herramientas me bajé al sótano. Apagué la luz y con una linterna me puse a buscar. No encontraba nada y de pronto me acordé del resplandor de luz de la otra noche. Me centré en esa zona y en los ladrillos de alrededor. Cuando estaba a punto de desistir un ladrillo se hundió a la presión de mi mano. Una parte de la pared se movió dejando un hueco lo suficientemente grande para que cupiera una persona. Entré y la historia me engulló.
      Me hallaba en un espacio, no  muy grande, todo de piedra, seguí hacia delante y traspasé lo que antaño debió de ser una puerta. Una sala inmensa toda de piedra y con columnas talladas exquisitamente me recibió, necesitaría más luz para poder ver realmente donde me encontraba. De la parte izquierda, al fondo, salía un pequeño resplandor. Me dirigí allí, era una especie de aposento, no muy grande. Disponía de una chimenea enorme al fondo, y por causas que no logro a entender, la luz solar se filtraba e iluminaba un fabuloso rosal que crecía dentro del tiro de la misma. En la parte este de la habitación un camastro ocupado me llamó la atención. Me acerqué y allí pude observar a mi fantasma particular,  la mujer vestida de negro, con el pelo muy largo, estaba durmiendo plácidamente. Le hice compañía un rato y luego, tiernamente, la bese en la mejilla. Volví a subir a la casa, cogí un folio y le dejé un mensaje: “BIENVENIDA A NUESTRA CASA, NOS VEMOS ESTÁ NOCHE”.

domingo, 4 de mayo de 2014

LA DICTADURA DEL TIEMPO

Casi cien años tenía la antigua fábrica, se encontraba vieja, además en estos momentos no estaba ni al cincuenta por cien de su producción y  nunca volvería a tener la capacidad que tenía antes, aún así, cumplía con creces los objetivos marcados por la dirección y todavía realizaba las funciones asignadas sin ayuda de equipos externos. Estas directrices se iban adaptando al paso del tiempo y al estado de las máquinas.
Nació en 1917. Por sus ventanas pasaron dos guerras mundiales y una dura guerra civil. Todo comenzó de maravilla y pronto se vio que era una fábrica con mucho potencial. En sus primeros treinta años llegó incluso a unirse a otra empresa, fueron años felices, pero efímeros. La otra industria tenía graves problemas y se fue abajo. Vinieron momentos malos que tuvo que solucionar centrándose en el cuidado y formación de nuevos ejecutivos. En la época actual la producción se centraba en el propio mantenimiento de su estructura y su entorno.
De dos décadas a hoy se le sometía a diferentes revisiones técnicas anuales para poder conservar, y alargar en la medida de lo posible, su duración. En algunos de estos exámenes se le aplicaban tratamientos que el propio edificio rechazaba por los efectos inmediatos que producían. Tras  hacer urgentes reparaciones en la fachada para evitar que un mal se extendiera, el deterioro avanza; la maquinaría se va quedando obsoleta y absorbe menos materia prima, la producción baja de manera alarmante  y perjudica a la viabilidad de la empresa. Lo más preocupante es que el último ingeniero que la visitó ha detectado un pequeño incendio en una de los aparatos, un fuego que se está extendiendo y que no se puede solucionar. El difícil acceso y la fragilidad de la estructura no permiten el paso a la zona. El tiempo, que es impasible, será el que decida cuando el último grano de arena marque el previsible final. Mientras, desde el exterior, observamos que la antigua fábrica aparenta todo su esplendor y, todavía, se resiste a mostrar signos de debilidad. Cualquier día de estos se vendrá abajo, solo nos quedaran los buenos recuerdos y la eterna gratitud por todo lo que nos ha aportado y enseñado.
     Recostada en el sillón, cubierta con su batín azul y cara al televisor de la salita. Su pelo blanquecino y revuelto. Sus gafas más modernas y ligeras, que las anteriores, disimulan las manchas rosáceas que le recubren la cara. A la vista tiene las manos, las ha dejado caer en su regazo, mirarlas es como introducirse en una película de ficción; sus dedos retorcidos parecen sarmientos que debían de haberse podado muchos inviernos atrás. Nota mi presencia, abre los ojos y me sonríe. Ella nunca dejará translucir el dolor que en algunos momentos debe de sentir, no sabe nada, nadie se lo ha dicho, simplemente de vez en cuando nos comenta:
      —Últimamente no me encuentro muy bien... será del tiempo.
      A lo que le contestamos con una sonrisa. —Sí, al tiempo que usted tiene.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

FINALISTA EN EL I CERTAMEN INTERNACIONAL DE RELATO "REINO DE TARTESSOS"


A continuación reproduzco lo publicado en el blog EL OJO DE GUADIX.

"ACTA DEL CERTAMEN:
En Guadix, en la Biblioteca Pública Municipal de esta ciudad se reúnen el día 23 de septiembre de 2013 los miembros del jurado del I Certamen Internacional de Relatos “Reino de Tartessos”: Doña Josefina Martos Peregrín, escritora, Doña Reyes  Alonso González, maestra y logopeda, Don Antonio García Piqueras, pintor, y Don Luis Muriel Burgos, editor; los cuales, tras las oportunas deliberaciones, por mayoría de sus miembros, y de conformidad a las bases de esta convocatoria, acordaron otorgar los premios siguientes:
Ganador:
Carlos Erice Azanza. Relato: ESE CONDENADO HOMBRE DEL TIEMPO
Finalistas:
•    Raúl Guadián Delgado. Relato: AL PAN, CON JAMÓN… VINO
•    Carlos Campos Naharros. Relato: AMAPOLA
•    Elena Cortés Alonso. Relato: BLACK FRIDAY
•    Amada Atienza Maniega. Relato: CREMA DE VINO
•    Nerea Crespo Díez. Relato: CRISIS, JAMÓN Y VINO
•    José Javier Muñoz González. Relato: DE CÓMO ENCONTRÉ   PAREJA Y MEJORÓ MI SALUD GRACIAS AL REFRANERO
•    María Jesús Lombraña Ruiz. Relato: DE LECHE Y MIEL
•    Sandra Monteverde Ghuisolfi. Relato: DELICATESSEN
•    ARMANDO ARAVENA ARELLANO. Relato: EL VIEJO CU…
•    RAÚL CASTAÑÓN DEL RÍO. Relato: GIROS DEL NEGOCIO
•    Carlos de la Fe. Relato: INDIANA JONES Y EL CLUB DE LOS ACCITANOS EN BUSCA DEL REINO PERDIDO DE LOS TARTESSOS …
•    Joaquín Lahoz Casulla. RELATO: INOPERANCIA
•    José Antonio Aragón Mateo. Relato: JAMONA
•    JUAN JESÚS LUNA JURADO. Relato: LA SALA DE LOS TRUENOS
•    David Vallejo Fernández. Relato: ORIGEN
•    Jacqueline María Hernández Sanchez. Relato: VIERNES"

miércoles, 10 de julio de 2013

FORMACIÓN CONTINUA

      A las 10 de la mañana nos reuniamos todos en el aula 2b del segundo piso. El curso fue muy corto, solo duró una semana. La relación social era nula, apenas unas palabras en el momento del descanso. Nos limitábamos a escuchar a la profesora y a cruzarnos preguntas, luego al finalizar la clase salíamos disparados a casa. Yo, llegaba y cenaba rápido con mis padres, luego me encerraba en mi habitación para comprobar los correos y compartir experiencias en las redes sociales. Tenía todas las horas del día ocupadas; trabajo, curso y casa. Apenas disponía de tiempo para nada más. En el curso le había echado el ojo a alguna compañera, aunque ellas a mi me habían ignorado completamente. Aún así, fantaseaba con la ropa interior que llevaban bajo aquel vestuario tan sugerente. No todo era atracción sexual, a veces me las imaginaba en una cena, en un paseo por la montaña o simplemente de charla en el banco de un parque. Lo cierto es que estaba cansado de no tener pareja.

     A mitad de semana la profesora tuvo la genial idea de finalizar el curso con una cena. La propuesta no me llenó de especial ilusión. Lo comenté en casa y mi madre se empeñó en que fuera para distraerme un rato, que así me daría el aíre. Por lo que acepté el ofrecimiento.

     ¡Viernes, final del curso! reparto de diplomas y soparet. De dieciséis personas apenas nos encontrábamos en el bar la mitad. La mayoría mujeres excepto dos hombres, los cuales nos sentamos juntos y conversábamos de un tema tan socorrido como el fútbol o de alguna cuestión de clase, eso sí, sin quitar el ojo a alguna de las chicas que se habían puesto especialmente guapas para la ocasión. Ellas apenas nos dirigieron la palabra y llegamos al final del café sin pena ni gloria. Unas palabras de despedida, reparto de cortesía de teléfonos, correos electrónicos, etc…para seguidamente la profesora dejarnos hasta más ver. Siguieron su ejemplo la mayoría. Yo me negaba a irme a casa tan pronto, después de tanto tiempo sin salir, necesitaba divertirme un rato. Mis pensamientos se tradujeron en palabras sin apenas darme cuenta, despertándome de ellos expresiones como; -¡yo me apunto! -¡necesito una copa, -¡quiero bailar!, -¡vámonos de marcha! Así que las cuatro Mosqueteras y el Llanero Solitario (que era yo) nos marchamos a un pub de la zona a explayarnos un rato.

     Las primeras copas cayeron deprisa. Era necesario un acelerante de habilidad social y el alcohol siempre ha sido un magnifico remedio. La música, el ambiente, las ganas de marcha ayudaron a que nos relajáramos y nos conociéramos un poco mejor. Al final estuve a punto de triunfar, no gracias a mi encanto, si no a Don Ron que me facilitó las cosas. Tarde y medio borrachos, con la pista de baile como escenario, una de las chicas y yo pasábamos del movimiento convulso al roce intencionado, de la charla a gritos a la conversación cercana y sugerente. El beso fue un paso lógico a lo que tenía que llegar…eso si María no se hubiese interpuesto. María era muy guapa, pero inaccesible. Había mantenido siempre las distancias y yo no tenía las suficientes criadillas como para acercarme a ella, de hecho pensaba que no hubiese servido para nada. Nos interrumpió diciendo que su amiga se tenía que ir, que iba muy borracha, que no sabía lo que se hacía, ¡ostras! ¿Qué no sabíamos lo que hacíamos? ¡Pero si nuestros cuerpos eran puro deseo!  No pudo ser, la aguafiestas nos fastidió la noche.

     Tardé en levantarme. La resaca y la sensación de nauseas me invadieron hasta pasadas las tres de la tarde. Luego con ayuda de los remedios de la agüela y alguna aspirina me dispuse a comenzar el día. Conecté el móvil y se puso a pitar como loco, de lo aturdido que estaba y del susto casi lo tiro al suelo. Tenía veinticinco mensajes de María (excepto uno de mi efímera pareja lamentándose por lo que no sucedió), se había pasado la noche recriminándome mi actitud con su amiga y de que quisiera aprovecharme de su borrachera. Sus primeros mensajes me echaban la bronca y los siguientes me incitaban a darle una explicación. Yo estaba alucinando, no entendía nada. Intentaba recordar cómo había sido mi comportamiento y no encontraba un motivo que, a mi juicio, fuese recriminatorio. Por lo que llegué a una conclusión: María estaba como una cabra o yo hice algo de lo que no me acordaba. Le mandé un WhatsApp, en tono muy comedido, para que me explicase que era lo que había hecho mal. En menos de dos segundos tenía su respuesta; otra bronca por intentar seducir a su amiga. Tenía dos opciones; ponerme a discutir con ella (algo que el cuerpo no me pedía) o tomármelo con mucha coña a ver por dónde me salía ella. Ni corto, ni perezoso le pregunté si era su novia, la contestación fue contundente “eres un cabrón, a mí me gustan los hombres”, siguió de nuevo con la riña para terminar echándome en cara que no le había contestado antes, que llevaba toda la noche esperando mi respuesta. Me disculpé, le comenté que no me encontraba bien y que había dejado el teléfono apagado. Añadí que la noche anterior ella estaba preciosa, que el vestido era muy bonito y que me hubiese encantado bailar con ella (intentaba cambiar el enfoque para que olvidara su enfado conmigo o me dejara en paz de una vez) sorprendentemente me respondió que eso que le decía no lo sentía de verdad, si estaba tan guapa ¿por qué no me había acercado a ella en vez de a su amiga? Dado el cariz que estaba tomando el asunto no pude parar y me lancé a fondo. Le dije que yo casi nunca mentía y que si ella me hubiera dado algo de pie…allí mismo en los lavabos le hubiese hecho el amor, que me tenía loquito. Me mandó a freír espárragos y dejó de whatssapear conmigo.

     Estuve toda la tarde rememorando nuestra charla virtual, algo no me cuadraba.  Era cierto que me gustaba y mucho, aunque nunca creí que ella se pudiera fijar en mí. Lo que no había entendido, hasta ese momento, era el motivo real del enfado. Y de repente… lo vi todo claro, ella se disgustó al no ser la elegida por mí. Le mandé un mensaje de móvil y luego un whatsApp citándola al día siguiente en el mismo pub a las ocho de la tarde.

     Eran las ocho y diez, María no aparecía. Un combinado de ron cola me ayudaba a templar los nervios. Mis dudas eran muchas, todavía no estaba convencido de mi suerte. Posiblemente esa noche estropeé sin querer algo que podía haber sido bonito. Maldecí mi timidez y la falta de confianza en mí mismo. Lo fácil no siempre es lo mejor. Después de 45 minutos de espera y tres cubatas decidí marcharme a casa. Era seguro que no aparecería. Me hizo creer que le gustaba y no era verdad. Enojado y deprimido crucé la puerta del local.

     María se encontraba apoyada en un coche, justo debajo de la luz de una farola. Estaba preciosa. Cuando coincidieron nuestras miradas su cara pasó de la sorpresa a la alegría incontenida. Como un autómata me lancé hacia donde estaba, la abracé y nos besamos. Luego me contó que no se había atrevido a entrar, que no hubiese soportado que la cita hubiese sido una broma.

martes, 28 de mayo de 2013

SALIDA AL CAMPO


Después de varios días de lluvia y frío,  por fin ha salido el Sol. No era muy potente, pero lo suficiente para estarse calentito donde pegaban sus rayos. Ante este magnifico día, comparado con el resto, Toni decidió que saldría a correr un rato, calculó que tendría que irse sobre las cinco de la tarde para que el ocaso del sol no le pillara, todavía estaban en invierno y anochecía temprano.

     Al final, entre visitas y personas conocidas que se iba encontrando a la vuelta de la compra,  se retrasó más de lo habitual. La comida, entre prepararla y disfrutarla casi se merienda, por lo que a la hora prevista todavía no estaba listo para salir a rodar. Eran más de las cinco y media cuando, embutido en sus mallas negras con franjas naranjas y dentro de su cortaviento azul marino, salía de casa en dirección al campo. Aunque el astro rey todavía calentaba, las ráfagas de viento eran  fresquitas. Inició su andadura, a la salida del pueblo echó a correr despacio, cuando llegó a la primera pista aumentó el ritmo,  le quedaba menos de una hora para que la noche le cayera encima.

     Toni corría y corría, quería llegar al punto kilométrico marcado en menos de treinta minutos, el camino de tierra subía y bajaba adentrándose en el bosque. La prudencia le debía de haber  advertido de que las subidas pronunciadas las tenía que hacer a un ritmo muy inferior, pero esa virtud se encontraba de vacaciones. Predominaba la sensación de miedo a la oscuridad en  esta zona solitaria plagada de árboles y ruidos de la naturaleza.      Y lo que era lógico que sucediera… sucedió. Toni reventó como el Lagarto de Jaén, el fuerte ritmo impuesto, la cantidad de bajadas, subidas y la falta de un entrenamiento continuado le pasaron factura. Él no quería parar, su obsesión era seguir corriendo, pero el cuerpo y la cabeza no le acompañaban. Paró, se puso a andar y a beber de la botellita que llevaba encima. Todo comenzaba a darle vueltas, le costaba respirar y un malestar, cada vez más profundo le entraba en la boca del estomago. Tuvo que apoyarse en un árbol, se sentó y buscó con la mirada a cualquier persona que anduviese por esos caminos… lo último que vio fue un trozo de cielo lleno de nubes de un color gris oscuro.

     Despertó desorientado, le dolía mucho la garganta y tenía sensación de nauseas. Sentía frío y todavía se encontraba un poco mareado. Poco a poco fue recuperándose.  Había perdido el sentido, posiblemente por una lipotimia. Se levantó y reemprendió el regreso a casa. La oscuridad era casi completa, se conocía el camino y apenas estaba a seis kilómetros del pueblo, pero rodeado de vegetación y sin luz no podía evitar que el miedo le invadiera. Cualquier ruido le alarmaba; un conejo que salía disparado de un matorral por el que  él pasaba, un grupo de perdices que asustadas elevaban el vuelo o el roce de sus ropas. De nuevo inició el trote, con precaución para no destrozarse un tobillo o no tropezar, la visibilidad era escasa.

     Era una noche cerrada, las nubes ocultaban la luna y las estrellas, la poca luz que se escapaba de entre esas bolas oscuras de algodón dibujaba figuras fantasmagóricas ayudadas por los árboles y arbustos. Toni tenía dos opciones; dejarse llevar por la desesperación o mantener la cabeza fría y llegar a casa. Optó por lo segundo. Sabía que; paso que daba era un metro menos que le faltaba para llegar, por lo que se impuso correr despacio pero de forma continuada. Su mente la ocupó con imágenes del bosque en pleno amanecer: los colores vivos, los cantos de los pájaros, cientos de olores maravillosos y esa sensación de libertad que le invadía. Se embutió en esa idea y siguió hacia adelante. 

     Gruesos goterones de agua le golpeaban en todo el cuerpo y la temperatura bajaba más a cada momento, apenas le quedaban tres mil metros para llegar a la entrada del pueblo. Era imposible avanzar, tenía que buscar un lugar seguro y seco hasta que amainase la tormenta. Recordó que a pocos metros se encontraban las ruinas de unas pequeñas instalaciones de la vieja mina, apenas veía y se esforzó por vislumbrar algún pequeño indicio que le guiase, aunque con esa oscuridad era imposible ver nada. A su parte derecha creyó ver un pequeño resplandor y se dirigió a él con mucha precaución. La pequeña emisión se movía despacio y lo fue guiando hasta que encontró la casa adosada a la montaña. Evitando los escombros entró por lo que creía que había sido alguna vez la puerta. Toni se guiaba por la suave luz que veía al fondo, de su boca salieron palabras de aviso advirtiendo de su entrada en la casa: ­— ¡HOLA!, ¿HOLA?, ¿hay alguien ahí?— decía con voz temblorosa.
— Solo busco refugio, hace frío y llueve demasiado fuerte, ¿hola?—.
A medida que hablaba y cuando llevaba bastantes metros andados, se acercaba a la habitación vagamente iluminada. Se asomó, vio a un chico de entre trece y dieciséis años de edad, sentado, de espaldas y con las manos extendidas hacia una vela.
— Hola, me llamo Toni y busco refugio. ¿Te importa que me quede contigo un rato?
El muchacho se giró y  le hizo gestos para indicarle que se aproximara. Lo hizo, la luminosidad de la vela reconfortaba pero hacía mucho frío, una corriente de aíre que provenía de una esquina, al fondo de la habitación, de lo que debió ser un derrumbe parcial del techo, lo estaba congelando. El joven extendió su brazo y con su dedo señaló una chaqueta que estaba tirada en un rincón llena de polvo. Toni se levantó, la cogió y se la puso, le venía pequeña pero no le importó, necesitaba entrar en calor. Los minutos fueron pasando y el muchacho no decía nada, se limitaba a estar sentado junto a la vela. Después de un buen rato, o eso le pareció, la calma secundaba  la tormenta dejando de llover. Toni se levantó y le dijo al chico que deberían marchar, que tenían que volver, era hora de que regresaran al pueblo. El joven le miró mientras se incorporaba, una gran sonrisa ocupaba su cara y le dijo adiós con la mano  a la vez que Toni salía de la construcción, apagó la vela y se encaminó hacia la parte destruida de la habitación donde se encontraba.

     Toni nada más entrar en el pueblo se topó con la Benemérita, el coche de la Guardia Civil con las luces giratorias azules encendidas frenó delante de él y bajaron el sargento y el conductor — ¿Toni García?, ¿Eres Toni García?
— Sí, soy yo. He tenido problemas con la tormenta, pero por fin he llegado.
— Hemos recibido aviso de Doña Juliana, usted había salido por la tarde a correr y no tenía constancia de su regreso. Íbamos ahora a buscarlo— le informó el sargento.
— Siento mucho las molestias, me ha pillado el aguacero, se me ha hecho de noche  y no podía continuar. Me he tenido que refugiar en La Mina.
— No pasa nada, para esto estamos. Suba al coche y le llevaremos a su casa, necesita una buena ducha y quitarse la ropa mojada.

Entró al coche y cuando llegaron a la puerta de su domicilio, se encendieron las luces interiores del habitáculo, el sargento se giró en su asiento y se dispuso a despedirse de Toni, antes de decir nada su cara cambió, estaba blanco y señalándole dijo: — ¿esa chaqueta es tuya?, ¿de dónde la has sacado? ¿DIME DE DÓNDE LA HAS ENCONTRADO?
— No es mía señor, tenía frío y la cogí de la ruina donde me cobijé en La Mina. Estaba tirada en el suelo de la habitación— le respondió.
— Tendrás que acompañarnos, nos vamos a La Mina. Llévanos, exactamente, al lugar dónde has encontrado esa chaqueta.

     Toni, cansado y aterido de frío, no entendía nada, pero intuyó que algo grave estaba sucediendo y que se había visto involucrado. Les fue explicando cómo llegar al cuarto de donde recogió la chaqueta y les indicó como llegar con el coche al sitio  exacto. El sargento cogió la linterna y bajó muy apresurado adentrándose en la casa medio derruida. Él se quedó en el automóvil y le preguntó al conductor qué era lo que estaba pasando. La historia era sencilla y trágica;  en un día como hoy, hace dos años  exactamente y  también con tormenta, su hijo de catorce años desapareció. Hasta el momento nadie había tenido noticias suyas. Se le buscó por los alrededores del pueblo, se hicieron batidas por los bosques, pero no se le encontró. Tenía la costumbre de salir a pasear y a correr solo. Ese día había salido a pasear y llevaba puesta una chaqueta muy parecida a la que había  encontrado, fue un regalo de su padre  por su cumpleaños. De repente, un grito desgarrador rompió la noche, el Guardia Civil saltó del coche, con la linterna en una mano y la pistola en la otra, se introdujo en la casa llamando a su superior. Toni fue detrás… al llegar a la habitación donde él se había protegido de la tormenta  vio al sargento quitando cascotes de la zona que estaba parcialmente derruida y al número enfocando con su linterna. Se acercó y pudo ver que debajo de aquellos escombros se encontraba un cuerpo que portaba la misma ropa que el chico que le acogió.

     Al día siguiente Toni tuvo que personarse en las dependencias de la Guardia Civil para relatar lo acontecido y firmar su declaración. Naturalmente, y para que no le tomaran por loco, modificó un poco la historia. Aunque y a pesar de la tragedia, en su fuero interno, estaba muy agradecido a ese joven que se levantó de entre los escombros convirtiéndose  en su Ángel de La Guarda.