Mostrando entradas con la etiqueta CARLOS CAMPOS. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta CARLOS CAMPOS. Mostrar todas las entradas

viernes, 10 de agosto de 2018

¡ SORPRESA !


      Me quedé parado en el quicio de la puerta, invadido por múltiples sensaciones al encontrarme los objetos que ella me había dejado sobre el lavamanos. Eran cuatro; cuatro elementos usuales en la vida cotidiana de cualquier persona, pero que en ese momento y esas circunstancias tenía un importante significado para mi vida. Al verlos y tras unos segundos paralizado, tuve que sentarme en el único sitio posible; encima del inodoro, más concretamente sobre la tapa. Con las manos cubriéndome la cara y a la vez utilizándolas de apoyo para mi cabeza, que abrumada por un torbellino de sentimientos encontrados era incapaz de aguantarse sola. Deje vagar mis pensamientos con todo lo que me había sucedido en el último año: mi divorcio, adaptarme a mi nueva vida, los días, las tardes y las noches de soledad, el conocer nuevas amistades, noches efímeras en viviendas desconocidas u hoteles sacados de una app. Ahora todo cambiaba radicalmente, se me abría una nueva puerta que me ofrecía refugio, confianza, estabilidad, compañía y noches de complicidad. No había sido consciente de nada de lo que me estaba sucediendo siendo que me andaba aplicando mi dogma de: “vivir lo mejor posible dejando pasar los días a la espera de acontecimientos”. Por lo que la bofetada de realidad recibida, al contemplar esas armas de destrucción de vida sin rumbo fijo, me habían dejado medio catatónico, a la espera de una respuesta que me hiciera reaccionar.

     Ahí estaban: una toalla de baño, una toalla de manos, una esponja sin estrenar y un cepillo de dientes nuevo. Ni los cuatro mosqueteros en sus grandes aventuras me habían dejado tan impresionado. El aceptar el uso de alguno de ellos conllevaba implícitamente la firma de un contrato no escrito en mi relación interpersonal con la propietaria de la casa. Esta era la ocasión donde me podía cuestionar no haber pasado por mi piso para coger la mochila con mis efectos personales.

    Ya era tarde para pensar en otras cosas, tenía que enfrentarme a la situación y afrontarla con naturalidad. Me levanté, salí del lavabo y regresé a la cocina. Con un tono inocente, pero que yo creí entender cargado de intencionalidad, ella me dejó caer: —¿has visto lo que te he dejado en el baño? — La miré, puse mi mejor sonrisa y haciéndome el despistado le respondí: —¡Ah! ¿eso que estaba en el lavamanos? Sí, lo he dejado encima del armario.  No sabía que era para mí—. Me di la vuelta, me hice con una cerveza de la nevera y me fui a sentarme al salón.

domingo, 11 de diciembre de 2016

La vuelta a casa

     Era un  placer caminar por las calles libres de coches y de cientos  de peatones estresados,  envuelto en el silencio que la noche me ofrecía. Había decidido volver andando a casa después de celebrar la cena de empresa con los compañeros y las compañeras.  Los motivos no tenían nada que ver con ser más o menos deportista, sino más bien por la falta de taxis a esas horas  y por la casi borrachera que llevaba. El aíre frío y la caminata me ayudarían a bajar el alcohol y a despejar la mente.
     La celebración resultó mejor de lo que yo me había esperado. Apenas llevaba trabajando con ellos dos meses, incluso me había comprado ropa nueva para la ocasión. Tenía que adaptar mi forma de vestir al nuevo entorno y a mis nuevos amigos. La acogida, la cena, las múltiples copas, el dar lo máximo  bailando... Todo había sido muy grato, incluso en algún momento hubiese jurado que podría haberme liado con una de mis compañeras de trabajo, menos mal que el miedo a meter la pata fue más fuerte que la efímera libertad y poderío que artificialmente me otorgaba el agradable elixir del dios Baco.
     Estaba acostumbrado a trasladarme por la ciudad a pie, me encantaba levantar la vista y admirar los edificios que me rodeaban, sobre todo dejaba que mi imaginación se inventara múltiples historias cuando veía alguna ventana iluminada con alguna sombra moviéndose detrás de ella: ¿se levantará ahora? ¿se estará preparando para acostarse? ¿será feliz? ¿qué hará a estas horas despierto o despierta? De vez en cuando me cruzaba con algún que otro transeúnte solitario, la mayoría con pinta de ir peor que yo, incluso a alguno le costaba caminar en línea recta o hablaba solo. A veces me cambiaba de acera si me iba a cruzar con alguna mujer, no quería que se sintiera intimidada por mi presencia en la negra y tranquila noche. Aunque con mi nuevo aspecto puede que incluso se sintiera reconfortada y agradecida de ir acompañada.      
     Ya faltaba poco para llegar a mi barrio, unos minutos más y entraría triunfal a casa; donde mi madre, contenta del nuevo cambio en mi vida,  seguro que me esperaba despierta sentada en su sillón, con la mirada seria y el alma alegre de ver a su hijo llegar bien a esas horas. Decidí dar un rodeo, era mejor evitarme una regañina asegurándome que los efectos de la bebida se habían disipado un poco más. Enfilé la antigua carretera, llegaría a las afueras y volvería sobre mis pasos. Unos treinta minutos más de ejercicio me ayudarían a encontrarme mejor. De forma decidida aligeré el paso.
     Iba tan sumido en mis pensamientos que no los vi aparecer. Eran dos, uno delante y otro a mi espalda.  El que tenía enfrente no se lo pensó dos veces, sin avisar y al grito de: —¡Dame la chaqueta y todo el dinero que lleves!— estampó su puño en mi cara con tal fuerza que me tiró al suelo, del golpe quedé completamente aturdido. Mientras el segundo permanecía callado vigilando,  el energúmeno no dejaba de darme patadas y de increparme. Del atolondramiento pasé a sufrir la situación, del dolor  transité  a  una rabia irracional. Disparé mi pie  a la rodilla de la pierna con la que se apoyaba mientras me pegaba con la otra, el aullido que soltó se sincronizó con el siniestro crujido  que daba cuenta de la efectividad del impacto, de inmediato se derrumbó cual castillo de naipes.  Aproveché para levantarme y dejándome llevar me lié a golpes con su cara. Olvidé  completamente a quien permanecía en la sombra, éste silencioso y veloz me atacó por detrás, apenas sentí un ardor en el costado. Al momento las fuerzas me abandonaron, me costaba respirar y me asusté, quise correr y las piernas no me respondían, una  luz blanca estalló en mi cerebro seguida de la más absoluta oscuridad.
     Cuando ya comenzaba a amanecer Vicente llegaba al portal de su finca, estaba cabreado,   había tenido que dejar a su amigo con un colega para que lo llevara al hospital, a Domingo le dolía horriblemente la pierna, lo más seguro es que tuviese la rodilla rota. El capullo al que habían querido atracar  se resistió, normalmente tras una buena paliza se dejaban robar sumisamente, nunca respondían, luego les quitaban todo lo que les pudiese ser útil y valiese algo de pasta. Él no, tuvo que hacerse el valiente, ni siquiera le había visto la cara, mejor así, sería más fácil dormir. La luz del piso estaba encendida, se oía mucho movimiento y gritos de desesperación, se asustó; ¿alguien le habría denunciado a la policía? era imposible, no había testigos y en ese trozo de calle apenas existía visibilidad desde las fincas. Entró. Al oír la puerta salieron como una tromba hacia él su madre y su tía, que vivía en el piso de arriba, le abrazaron y mientras lloraban a lágrima viva no paraban de decir: —¡Nos lo han matado! ¡Nos lo han matado! ¡A tu primo lo han dejado tirado en la calle como a un perro después de apuñalarlo cobardemente por la espalda!—
     

domingo, 27 de noviembre de 2016

Domingo otoñal

     La penumbra me acompañaba mientras permanecía acostado en mi cama con los ojos cerrados. Una melodía formada por el sonido de miles de gotas que golpeaban incansablemente las hojas de los árboles, la barandilla metálica y el cemento del balcón, entraba suavemente por la puerta cerrada que daba al exterior. El delicioso silencio de la habitación,  apenas perturbado por la lluvia, me envolvía en una paz que entre semana era imposible de hallar.
     Envuelto semidesnudo en una sábana suave de raso, me dejé llevar por la suave caricia de la seda,  disfrutando del roce, dejando que cada poro de mi piel sintiera libremente ese contacto.
     El momento que se había creado de forma fortuita; ligera música natural exterior y la paz interior,  me habían elevado a un estado de trance tal, que apenas pude distinguir  como algo ajeno, al entorno creado, irrumpía entre los dedos de mi pie derecho.  Al principio de modo muy sutil y lento recorría mi cuerpo, después, de manera más atrevida y con mayor acercamiento, abandonó esa parte subiendo por el tobillo camino de mi rodilla. Se recreaba antes de seguir avanzando y junto al movimiento se empezaba a percibir una respiración cada vez más agitada. Una ligera excitación rompía la tranquilidad pasada en cuanto la articulación fue dejada atrás y el muslo pasó a ser el principal acogedor de la incursión que estaba sufriendo. Cambié mi posición para que el pantalón corto del pijama no fuese un obstáculo a esa cálida mano, la maniobra fue un éxito,  sin problemas traspasó el umbral llegando a la parte más delicada que ya de manera impaciente la esperaba totalmente alegre.
            —Noto que ya te has despertado completamente— me susurró al oído.
            —Sí, ya me tienes dispuesto para complacerte en lo que quieras— le contesté con voz suave y entrecortada.
          —Pues... necesito que me lleves a la estación, está lloviendo y no quiero ir andando, así que pégate una ducha y vístete.—
            —¿Ya?—
         —Apenas nos queda tiempo, si no nos damos prisa... perderé el tren— respondió de forma dulce y seductora. 
            —¡Tenemos tiempo suficiente!—le dije mientras le sonreía y la atraía hacia mí.
            
            

miércoles, 6 de enero de 2016

Despertar

    Solo, tumbado en el sofá y dejando las horas pasar . Era tarde de Reyes Magos y no tenía nada que hacer, sus hijas estaban en casa de su ex y la tensión  vivida en las recientes fechas navideñas le instaron a encerrarse en casa y a olvidarse de una familia que él estaba convencido que ya no lo necesitaba . Tenía que replantearse la vida que llevaba, era momento de renacer de las cenizas y comenzar una nueva historia.
     "Ding  dong, ding  dong", "ding dong, ding dong". De manera insistente sonaba el timbre de la puerta. Se abalanzó deprisa al telefonillo y pulsó el botón de apertura de la puerta , no esperaba a nadie, tampoco estaba de humor para aguantar a ningún pesado o pesada que le contará los muchos regalos recibidos en un día tan especial.
     Como una tromba entró Cloe, su hija no le dejó reaccionar ni abrir la boca. Sin apenas respirar le soltó una reprimenda de campeonato: que si no sabía beber, que era un desagradecido, que como había sido capaz de insultar a los abuelos, por qué no era capaz de perdonar a su madre tras cometer  un error cuando él se había comportado como un cerdo en numerosas ocasiones... La lista era larga y en apariencia bien estudiada. Cuando se desahogó lo miró largamente,  el silencio inundaba la habitación.   Cloe no dijo nada más, dejó en la mesita un paquete envuelto en papel de regalo y después de darle  un beso en la mejilla  se marchó a la misma velocidad que había entrado.

     Él, todavía estupefacto por lo acontecido, alargó la mano y cogió el obsequio, lentamente rasgó la envoltura dejando al descubierto  una caja de cartón.  Con  cuidado separó la tapa. Del interior extrajo una foto familiar preciosamente enmarcada y una nota que decía: " Papá recupera tu vida y sé feliz. Aunque la noche sea fría y oscura siempre vuelve el amanecer inundando de luz y calor todo lo que te rodea.  Te queremos y siempre nos tendrás a tu lado cuando nos necesites".  

sábado, 18 de julio de 2015

Yaya María

    San Pedro dormitaba en su garita mientras permanecía de guardia a las puertas del cielo. Le gustaba la ropa clásica y seguía vistiendo la típica toga romana de color blanco acompañada de unas caligas a juego. En una de sus cabezadas creyó soñar con un ángel que en forma de mujer le tocaba el hombro con manos de dedos torcidos. No era un sueño, allí estaba ella, con su mejor traje y su cara de contrariedad por no atenderla con prontitud.

     A ella le hubiese gustado presentarse con su níveo pelo recién salido de la peluquería,  no pudo ser y en el fondo la irritaba.

     San Pedro la observó con detenimiento, se apoyaba en un bastón e irradiaba mucha fortaleza. Comprobó en su ordenador el fichero de creyentes, ahí estaba; María, de Casa el Seco, casi noventa y ocho años de edad. Leyó su ficha con detenimiento y se quedó asombrado de su currículum, era una de los mejores miembros de la Comunidad. Había una pequeña anotación  al margen que lo ensombrecía un poco:  "es una rebelde que se niega a abandonar a su familia, nos ha costado mucho convencerla para que iniciará el viaje hacia la luz".  Luego leyó en voz alta para que ella le escuchará:

— "Sin hijos, pero ha criado  a tres generaciones. Su casa ha sido el hogar de toda la familia durante décadas. Ha intentado educar, de la mejor manera posible, a todos los que han pasado bajo su cuidado. Trabajadora, generosa y toda una vida dedicada a los demás."

Impresionante. Un historial que está muy por encima de la media. Ahora mismo le abro la puerta para que pase a la zona de recepción. Allí le darán instrucciones de cómo proceder, pero por lo que he leído seguro que le asignan un papel destacado, también tiene la opción de elegir a que va a dedicarse durante toda la eternidad.—
— A mi me dejan tranquila y deme una silla que me estoy cansando de estar de pie.— Le respondió ella con tono de cansancio.
— El viaje agota, es normal que se encuentre así. En cuanto entre por la puerta notará la transformación que se producirá en usted: físicamente aparentará la edad en la que se sienta más cómoda, dejará de sentir ningún tipo de placer o dolor corporal, se convertirá en un Ser Celestial.—
— A mí eso me dona igual, lo que yo quería era seguir estando y continuar cuidando de la familia que eso es lo más importante. Y ara anem cap a dins y déjese de monsergas.—

         San Pedro le abrió las puertas y la acompañó a recepción, nada más cruzar la puerta del cielo el cambio se produjo; rejuveneció decenas de años, dejo de apoyarse en el bastón y su mirada traviesa se fijaba en todos los detalles.  Al llegar la introdujeron en la habitación del último contacto. La invitaron a sentarse delante de una pared blanca, seguidamente le explicaron que si quería podía ver los últimos momentos terrenales que había compartido con su familia. Luego podría elegir su futuro o se le asignaría una función que cumplir. Ella que estaba preocupada enseguida aceptó las condiciones y les dijo que pusieran en marcha la película.  Las imágenes se sucedían de manera ininterrumpida, apenas se detenían en los presentes, al momento se vio tumbada dentro del ataúd en la iglesia del pueblo.

— Eixò vull veure-ho bé.—  Dijo ella, esa escena le interesaba.

     La imágenes retrocedieron hasta la llegada del cortejo fúnebre, luego la entrada a la iglesia,  los que allí se encontraban y el transcurso de la misa. Después de la comunión sucedió un hecho que no era habitual, Yaiza (una de sus biznietas sobrinas)  se dirigía al altar y el sacerdote le encendía el micro invitándole  a decir unas palabras, ella, con calma forzada,  desdoblo el papel donde había anotado las palabras que le iba a dirigir y comenzó a leer:
— "Bueno yo solo quería decir que se ha ido la mejor persona que ha pisado la tierra, la mujer más luchadora, que a pesar de todo ha aguantado los golpes y baches de la vida como una campeona. Ahora me arrepiento de no haber podido decirte te quiero  todas las veces que me hubiera gustado decírtelo y si me escuchas ahora mismo desde allí arriba..."—
— Clar que t'escolte filla meua.— pensaba María.
—" ... ¡Te quiero! Espero que estés orgullosa de mi a cada paso que dé, porque yo lo he estado de ti y siempre lo estaré. Yo sé que me  darás la mano en mi camino y espero llegar un día a ser como tú, ya que gracias a ti he aprendido que hay que luchar hasta el final. Tu camino, desgraciadamente, se ha acabado, pero espero que en el mío me acompañes cogida de mi mano. Yaya María, estuviste, estás y estarás siempre en mi corazón ¡te quiero!"—

     Un aura de amor envolvió al nuevo Ser Celestial y confirmó su convicción de seguir velando, desde el Cielo, por los suyos. Ese iba a ser su papel, se convertiría en el ángel de la guarda de todos ellos. 

viernes, 20 de marzo de 2015

Hotel Cápsula

    Dejaron aparcado el Mercedes-Benz C 220 BT delante de la puerta, que previamente habían alquilado para que me trajeran aquí. El complejo estaba bastante bien situado; una zona tranquila, buenas vistas y buenos accesos. Además, era un sitio con mucha historia, la puerta databa de principios del siglo XX  y algunas partes de la estructura eran, incluso, cien años más antiguas.  Con el paso del tiempo habían ido ampliando con construcciones más modernas.  Grandes árboles rellenaban los huecos del jardín y en los días de viento recitaban una melodía que se oía en varios kilómetros a la redonda.
  Me ayudaron a bajar y entramos en el recinto. Los empleados del establecimiento comprobaron, primero,  que estaban los papeles en regla, seguidamente nos fueron indicando entre los numerosos pasillos por donde acceder. A derecha e izquierda teníamos interminables filas de habitáculos ya ocupados por los que llegaron antes. Aún siendo un día entre semana y a las cinco de la tarde, el local estaba bastante lleno y me asignaron un aposento en la  zona más nueva.
     Precisamente, la semana pasada,  en la televisión  vi un programa sobre estos hoteles de cápsulas, pero era en Japón, estaban de moda y eran muy utilizados para temporadas muy cortas de descanso. Aquí en España, por ejemplo en Valencia, se comenzaron a construir en 1808, por lo que imagino que los asiáticos nos copiaron  la idea.   Para mí era la primera vez, yo siempre me había alojado en hoteles convencionales  y por uno o varios días.
     Calle XXI, fila veintitrés, número cinco,  esta era mi habitación. Con cara indolente los empleados  me ayudaron a entrar. Se despidieron de mí y cerraron de forma cuidadosa el hueco para que pudiera descansar tranquilo. Ahora me encontraba solo, metido en una cápsula; sin luz, sin tele y rodeado de un silencio absoluto.
     Al día siguiente una preciosa muchacha, vestida con un mono de trabajo, después de limpiar la zona, ordenar unas flores y ajustar una cruz medio caída,  se plantó frente a mi pequeña puerta, colocando a continuación una placa donde se podía leer varias cosas, entre ellas  mi nombre y una frase muy peculiar: " Descanse en Paz" 

domingo, 19 de octubre de 2014

Ciento cuarenta y cinco kilos


     En el aparcamiento para clientes dentro de las instalaciones, el encargado de taller recibía un vehículo para revisar. Atendía al señor e indicaba a un operario que guiará a la acompañante, que portaba un perrito en brazos, a la zona de espera dentro del edificio donde se encontraba la exposición.

      Ismael, un administrativo del área comercial,  descansaba cinco minutos y mientras daba rienda suelta al deseo mal controlado de fumarse un cigarrito. A su lado; Virginia, del servicio posventa, también disfrutaba llenándose los pulmones con la nicotina y alquitrán de ese humo caro y perjudicial. Se encontraban charlando cuando, de manera discreta,  cruzaron miradas de perplejidad al ver a la mujer que se dirigía a la puerta que tenían detrás: estatura media, obesa, vestido chillón lleno de flores gigantes, con serias dificultades para andar y que cargaba en su pecho un perrito de raza pequeña.  La tranquilidad se vio truncada cuando la comitiva llegó a donde ellos se encontraban; el can se movió, la señora ocupada intentando que el animal no se le cayera de los brazos y un inoportuno pequeño bordillo.

      Ismael de forma instintiva saltó a un lado para no ser aplastado por esa masa humana de más de ciento cuarenta y cinco kilos, mientras, el pequeño perro salía volando y se estrellaba contra la puerta de cristal, la señora caía y se ponía a gritar cuando el suelo la recibía con estruendoso temblor. Quedando en una postura grotesca y con los pliegues de la falda ocupando el lugar donde segundos antes se encontraba el perro.

      La mujer, que era la madre del cliente, estaba  tirada en el suelo,  se desgañitaba llamando a su mascota y pegándoles manotazos a todas y todos los que intentaban, sin éxito, levantarla. Un perro asustado escapando con el rabo entre las piernas, un trabajador del taller corriendo tras el perro para recuperarlo, un coche que golpeaba a otro para evitar atropellar al fugitivo y el sol cayendo a más de treinta grados en ese momento.

      Virginia, con voz amable y tranquila, intentaba convencer a la señora para que les dejara ayudarle a levantarse. Esta se negaba a moverse hasta que no estuviese de vuelta su niñito de cuatro patas, a la vez que dejaba escapar los codos y las manos contra quien osará tocarla.

      Diez largos minutos pasaron en la misma tesitura, esta situación tan embarazosa terminó cuando el hijo regresó y obligó a su madre a aceptar la ayuda para que pudiera levantarse. Otros cinco minutos más necesitó el trabajador de taller para aparecer por la puerta del recinto con el animalito en brazos, cubierto de sudor, despeinado y con media sonrisa de triunfo en los labios.


     Ya resguardados en la sala de espera y bajo el manto protector de un potente aíre acondicionado, la cliente (junto a su hijo) se recuperaba del susto sentada en un cómodo sillón, tan solo se quejaba, ante el personal de atención al cliente que la estaba acompañando, de una leve molestia en un costado. De eso estaban hablando cuando se le hizo entrega a la señora de su perrito. Este, todavía nervioso, confundió las flores del vestido con un inmenso jardín, regalando a su dueña con todo el contenido de sus entrañas. 

domingo, 22 de junio de 2014

RECORRIDO FALLERO

     Estamos en el año 2014 después de  Jesucristo. Toda Valencia  está ocupada por la fiesta de las Fallas … ¿Toda? ¡No!  Una asociación de  irreductibles corredores resiste todavía y siempre al sueño invasor...
     Eran las seis y media de la mañana, hacia un poco de frío y apenas nos habíamos juntado cinco personas de las más de quince, que el pasado viernes, confirmaron la asistencia al entrenamiento. Pocos éramos los que vencimos al sueño y a la resaca fallera, dispuestos a conquistar las calles de Valencia y recorrer, uno a uno, los monumentos falleros que la coronan.
     La llegada a la Falla Na Jordana  nos marcó el principio de nuestro objetivo. Apenas una docena de personas nos miraban con cara de sorpresa, la mayoría gente mayor que todos los diecinueve de marzo madrugaban para ver las Fallas con tranquilidad. Hechas las fotos nos metimos por el barrio del Carmen camino a la Falla del Pilar.
     Las calles medio vacías nos acogieron. Todavía nos encontramos zonas donde las huestes del Dios Baco aguantaban sin irse a dormir, de repente, fuimos el blanco de sus palabras cargadas de alcohol,  que nos exhortaban a  seguir apoderándonos del espíritu fallero de cada escultura.
     La Falla del Pilar, con su primer premio, y con bastante gente para la hora que era, se rindió a nuestros pies.
     La Falla de la Plaza de la Merced y luego la del Mercat nos animaron a seguir recorriendo las calles de una ciudad llena de residuos fiesteros que unos caballeros y damas de color anaranjado se afanaban por recoger.
     La Plaza del Ayuntamiento muy sola y protegida, por algún que otro guardia del gobierno local, nos ve pasar,  mientras, los últimos resistentes, nos confunden con participantes de la maratón de London y nos animan en tanto que  seguimos el trayecto fijado.
     La Falla del Segundo Premio nos vio llegar con todos sus tenderetes cerrados. Pocos son los aventureros que se habían acercado, en esos momentos, a ver la Falla Convento Jerusalén-Matemático Marzal. Por lo que la rodeamos y la disfrutamos tranquilamente sin que encontráramos ningún obstáculo que nos lo impidiera.
     Partimos rumbo  a la siguiente parada, un aspirante a Induráin de ciudad, nos recibe con aclamaciones, levantándonos nuestro ímpetu guerrero. En  la calle Cuba teníamos monumentos apostados en cada cruce, nuestra vista no descansaba y pudimos  admirar la maestría de los artesanos que las realizaron. La iluminación espectacular de la  Falla  Cuba-Literato Azorín nos acogió con fría oscuridad y sus súbditos comenzaban a preparar la fiesta, al dios Vulcano, que tendría  lugar después de la puesta del sol.
     La suela de nuestras zapatillas sufrieron, por ese tramo,  ataques de un suelo pegajoso y lleno de inmundicia. Lo sorteamos de manera hábil y eficaz, pasando por la Falla Sueca-Literato Azorín y marchando hacia la Falla Reino de Valencia-Almirante Cadarso. En ese momento el tiempo nos apremiaba, la ciudad despertaba y nos encontrábamos en inferioridad numérica, nos tocaba  plantearnos el volver a nuestro poblado, no sin antes, culminar la gesta. Una pacifica  invasión del centro neurálgico de la fiesta en estos dos últimos días: la Plaza de la Virgen.

     Conseguidos los objetivos, de estas Fallas 2014, nos volvíamos a casa con un cuantioso botín  lleno de buenos momentos, con la esperanza de que, en el 2015, seamos muchos más los que asaltemos calles, plazas y avenidas a la búsqueda de monumentos falleros cargados de arte y breve historia.

domingo, 1 de junio de 2014

LA ROSA BLANCA

  Por fin, después de un viaje de más de siete horas llegamos a este pueblo perdido en la Castilla profunda, atraído por una oferta de trabajo encontrada en internet y confirmada por quien ejercía la labor de autoridad local.
     Me presente en el domicilio del responsable y me llevó al que sería  mi hogar, por lo menos en los próximos doce meses. Una antigua casa, en el centro del pueblo, eso sí, reformada y recién pintada. No era lo que esperaba, yo me había imaginado que estaría situada cerca del bosque donde iba a trabajar de forestal. Buscaba soledad y tranquilidad, aunque pensándolo bien iba a ser algo parecido, me encontraba en un pueblo que apenas tenía 25 habitantes.
     Cuando me quedé solo y acomodado pude echar un vistazo a mi humilde morada; un sótano vacío, una planta baja sobriamente amueblada y un primer piso con habitaciones grandes y espaciosas.  Era enorme para mí solo, demasiado diría yo, imagino que esperaban una familia completa y no a un divorciado cabreado con el mundo.
    La primera noche fue de celebración, la botella de ron (especial para la ocasión) fue engullida en su totalidad y la borrachera tremenda, incluso creía haber escuchado ruidos y ver una mujer vestida de negro, con el pelo muy largo, que me dejaba un jarrón con una rosa blanca en la mesita de noche. El despertar fue parejo a la movida nocturna, un resacón del demonio me acompañó durante todo el día.
    La semana pasó veloz, durante el día vigilando el bosque y por la noche  orgía alcohólica, pero siempre la misma visión nocturna, dentro de la nebulosa de un borracho aficionado, una mujer vestida de negro, con el pelo muy largo, que se paseaba por la habitación y me dejaba un jarrón con una rosa blanca en la mesita.
     El sábado por la noche me invitaron a la reunión semanal de los vecinos y vecinas del pueblo, personas mayores y algunas familias, no pasábamos de la veintena. Se trataron temas del pueblo, posteriormente unos vinos,  cervezas y un poco de música para amenizar la velada, era el poco ocio que tenían disponible. Al ser la novedad, las pocas señoras mayores me sorteaban para bailar "agarrado". Yo me limitaba a complacerlas y a beber vino. Poco a poco me quedé solo y me marché a casa. Apenas pude llegar, la bebida del dios Baco me tenía los sentidos embotados. Al entrar me esperaba la figura de la mujer vestida de negro junto al sofá, se levantó rauda y me llevó a la ducha, me desnudó y abrió el grifo por el cual cayeron chuzos de punta que me dejaron el cuerpo helado y dolorido.    No sé cómo llegue a la cama, desnudo y tiritando de frío, lo único que puedo recordar es un cuerpo caliente y suave que se pegó a mí. Por la mañana, estaba solo y con mi amigo el dolor de cabeza, eso sí, el jarrón con una nueva rosa blanca seguía  encima de mi mesilla de noche.
     El domingo tenia fiesta, confundido por lo acaecido durante la semana, decidí salir a pasear para despejarme y pensar un poco. O yo me estaba volviendo loco a causa de mi adicción al alcohol o algo raro estaba pasando. Era hora de averiguarlo. Me pasé la tarde limpiando la casa, tiré por el retrete toda bebida alcohólica que pude encontrar; vino, ron, ginebra, cava, anís y coñac. Deje la casa limpia y me di una ducha con agua caliente. Me puse un pijama limpio y me senté en la cama a esperar a la figura de la mujer vestida de negro. El tiempo pasaba y no aparecía nadie. El cuerpo me pedía a gritos que me tomase un chupito de algo con más de 35º, cuando no pude aguantar más me fui a rebuscar por la cocina, no encontré nada así que bajé al sótano, deseaba que alguien se hubiese dejado algún cajón con bebida o encontrar una bodega secreta. Nada de nada, estaba completamente vacío. Apague la luz y me dispuse a subir las escaleras, me sentí observado y miré a la oscuridad de la sala, creí ver, durante unos segundos,  que de las rendijas de los ladrillos brotaban pequeños destellos luminosos. Enseguida desaparecieron, por lo que imaginé que había sido una mala jugada por mi abstinencia. Volví a la cama, me tapé. Me encontraba mal, sudaba copiosamente, pero tenía frío. Pronto comencé a delirar, en mis pesadillas la figura de la mujer vestida de negro  me protegía de los animales del bosque, me sonreía y me pasaba un paño húmedo por la frente, brazos y piernas.
     La mañana era fresca, bajé a la cocina y me encontré caldo de pollo casero en la nevera. No recordaba haberlo hecho, aún con las dudas, me lo tomé todo, estaba hambriento y sediento. Me fui a trabajar, necesitaba explicarme que me estaba pasando. No conocía a nadie con el que tuviera suficiente confianza para pedirle ayuda. Era un asunto que tenía que resolver yo.
     Al llegar a casa pude confirmar que no me estaba volviendo loco, mi hogar  estaba limpio y ordenado. Una rosa blanca y recién cortada, metida en un jarrón encima de la mesita de noche, me daba la bienvenida. No era un fantasma, la mujer vestida de negro existía.
     Ligeros ruidos me despertaron, despacito deje que mis ojos se habituaran a la oscuridad. Una negra sombra  se sentó a mi lado, notaba que me miraba, aunque yo no la veía. Yo me hice el dormido, quedándome atento a lo que pudiera pasar. No sé cuanto rato transcurrió, creo que mucho, la figura de la penumbra  me besó en la mejilla y abandonó la habitación. Me levanté despacio y la seguí a hurtadillas. Se metió en el sótano y cuando llegué, ya no estaba. ¿Me estaba volviendo loco? ¿era un sueño? No, un sueño no era, lo pude comprobar al golpearme en la cabeza con el dintel de la puerta del sótano, el dolor era muy real.
     Por la mañana no fui a trabajar, esto no podía seguir así. Me vestí, desayuné y cargado con herramientas me bajé al sótano. Apagué la luz y con una linterna me puse a buscar. No encontraba nada y de pronto me acordé del resplandor de luz de la otra noche. Me centré en esa zona y en los ladrillos de alrededor. Cuando estaba a punto de desistir un ladrillo se hundió a la presión de mi mano. Una parte de la pared se movió dejando un hueco lo suficientemente grande para que cupiera una persona. Entré y la historia me engulló.
      Me hallaba en un espacio, no  muy grande, todo de piedra, seguí hacia delante y traspasé lo que antaño debió de ser una puerta. Una sala inmensa toda de piedra y con columnas talladas exquisitamente me recibió, necesitaría más luz para poder ver realmente donde me encontraba. De la parte izquierda, al fondo, salía un pequeño resplandor. Me dirigí allí, era una especie de aposento, no muy grande. Disponía de una chimenea enorme al fondo, y por causas que no logro a entender, la luz solar se filtraba e iluminaba un fabuloso rosal que crecía dentro del tiro de la misma. En la parte este de la habitación un camastro ocupado me llamó la atención. Me acerqué y allí pude observar a mi fantasma particular,  la mujer vestida de negro, con el pelo muy largo, estaba durmiendo plácidamente. Le hice compañía un rato y luego, tiernamente, la bese en la mejilla. Volví a subir a la casa, cogí un folio y le dejé un mensaje: “BIENVENIDA A NUESTRA CASA, NOS VEMOS ESTÁ NOCHE”.

domingo, 4 de mayo de 2014

LA DICTADURA DEL TIEMPO

Casi cien años tenía la antigua fábrica, se encontraba vieja, además en estos momentos no estaba ni al cincuenta por cien de su producción y  nunca volvería a tener la capacidad que tenía antes, aún así, cumplía con creces los objetivos marcados por la dirección y todavía realizaba las funciones asignadas sin ayuda de equipos externos. Estas directrices se iban adaptando al paso del tiempo y al estado de las máquinas.
Nació en 1917. Por sus ventanas pasaron dos guerras mundiales y una dura guerra civil. Todo comenzó de maravilla y pronto se vio que era una fábrica con mucho potencial. En sus primeros treinta años llegó incluso a unirse a otra empresa, fueron años felices, pero efímeros. La otra industria tenía graves problemas y se fue abajo. Vinieron momentos malos que tuvo que solucionar centrándose en el cuidado y formación de nuevos ejecutivos. En la época actual la producción se centraba en el propio mantenimiento de su estructura y su entorno.
De dos décadas a hoy se le sometía a diferentes revisiones técnicas anuales para poder conservar, y alargar en la medida de lo posible, su duración. En algunos de estos exámenes se le aplicaban tratamientos que el propio edificio rechazaba por los efectos inmediatos que producían. Tras  hacer urgentes reparaciones en la fachada para evitar que un mal se extendiera, el deterioro avanza; la maquinaría se va quedando obsoleta y absorbe menos materia prima, la producción baja de manera alarmante  y perjudica a la viabilidad de la empresa. Lo más preocupante es que el último ingeniero que la visitó ha detectado un pequeño incendio en una de los aparatos, un fuego que se está extendiendo y que no se puede solucionar. El difícil acceso y la fragilidad de la estructura no permiten el paso a la zona. El tiempo, que es impasible, será el que decida cuando el último grano de arena marque el previsible final. Mientras, desde el exterior, observamos que la antigua fábrica aparenta todo su esplendor y, todavía, se resiste a mostrar signos de debilidad. Cualquier día de estos se vendrá abajo, solo nos quedaran los buenos recuerdos y la eterna gratitud por todo lo que nos ha aportado y enseñado.
     Recostada en el sillón, cubierta con su batín azul y cara al televisor de la salita. Su pelo blanquecino y revuelto. Sus gafas más modernas y ligeras, que las anteriores, disimulan las manchas rosáceas que le recubren la cara. A la vista tiene las manos, las ha dejado caer en su regazo, mirarlas es como introducirse en una película de ficción; sus dedos retorcidos parecen sarmientos que debían de haberse podado muchos inviernos atrás. Nota mi presencia, abre los ojos y me sonríe. Ella nunca dejará translucir el dolor que en algunos momentos debe de sentir, no sabe nada, nadie se lo ha dicho, simplemente de vez en cuando nos comenta:
      —Últimamente no me encuentro muy bien... será del tiempo.
      A lo que le contestamos con una sonrisa. —Sí, al tiempo que usted tiene.

miércoles, 10 de julio de 2013

FORMACIÓN CONTINUA

      A las 10 de la mañana nos reuniamos todos en el aula 2b del segundo piso. El curso fue muy corto, solo duró una semana. La relación social era nula, apenas unas palabras en el momento del descanso. Nos limitábamos a escuchar a la profesora y a cruzarnos preguntas, luego al finalizar la clase salíamos disparados a casa. Yo, llegaba y cenaba rápido con mis padres, luego me encerraba en mi habitación para comprobar los correos y compartir experiencias en las redes sociales. Tenía todas las horas del día ocupadas; trabajo, curso y casa. Apenas disponía de tiempo para nada más. En el curso le había echado el ojo a alguna compañera, aunque ellas a mi me habían ignorado completamente. Aún así, fantaseaba con la ropa interior que llevaban bajo aquel vestuario tan sugerente. No todo era atracción sexual, a veces me las imaginaba en una cena, en un paseo por la montaña o simplemente de charla en el banco de un parque. Lo cierto es que estaba cansado de no tener pareja.

     A mitad de semana la profesora tuvo la genial idea de finalizar el curso con una cena. La propuesta no me llenó de especial ilusión. Lo comenté en casa y mi madre se empeñó en que fuera para distraerme un rato, que así me daría el aíre. Por lo que acepté el ofrecimiento.

     ¡Viernes, final del curso! reparto de diplomas y soparet. De dieciséis personas apenas nos encontrábamos en el bar la mitad. La mayoría mujeres excepto dos hombres, los cuales nos sentamos juntos y conversábamos de un tema tan socorrido como el fútbol o de alguna cuestión de clase, eso sí, sin quitar el ojo a alguna de las chicas que se habían puesto especialmente guapas para la ocasión. Ellas apenas nos dirigieron la palabra y llegamos al final del café sin pena ni gloria. Unas palabras de despedida, reparto de cortesía de teléfonos, correos electrónicos, etc…para seguidamente la profesora dejarnos hasta más ver. Siguieron su ejemplo la mayoría. Yo me negaba a irme a casa tan pronto, después de tanto tiempo sin salir, necesitaba divertirme un rato. Mis pensamientos se tradujeron en palabras sin apenas darme cuenta, despertándome de ellos expresiones como; -¡yo me apunto! -¡necesito una copa, -¡quiero bailar!, -¡vámonos de marcha! Así que las cuatro Mosqueteras y el Llanero Solitario (que era yo) nos marchamos a un pub de la zona a explayarnos un rato.

     Las primeras copas cayeron deprisa. Era necesario un acelerante de habilidad social y el alcohol siempre ha sido un magnifico remedio. La música, el ambiente, las ganas de marcha ayudaron a que nos relajáramos y nos conociéramos un poco mejor. Al final estuve a punto de triunfar, no gracias a mi encanto, si no a Don Ron que me facilitó las cosas. Tarde y medio borrachos, con la pista de baile como escenario, una de las chicas y yo pasábamos del movimiento convulso al roce intencionado, de la charla a gritos a la conversación cercana y sugerente. El beso fue un paso lógico a lo que tenía que llegar…eso si María no se hubiese interpuesto. María era muy guapa, pero inaccesible. Había mantenido siempre las distancias y yo no tenía las suficientes criadillas como para acercarme a ella, de hecho pensaba que no hubiese servido para nada. Nos interrumpió diciendo que su amiga se tenía que ir, que iba muy borracha, que no sabía lo que se hacía, ¡ostras! ¿Qué no sabíamos lo que hacíamos? ¡Pero si nuestros cuerpos eran puro deseo!  No pudo ser, la aguafiestas nos fastidió la noche.

     Tardé en levantarme. La resaca y la sensación de nauseas me invadieron hasta pasadas las tres de la tarde. Luego con ayuda de los remedios de la agüela y alguna aspirina me dispuse a comenzar el día. Conecté el móvil y se puso a pitar como loco, de lo aturdido que estaba y del susto casi lo tiro al suelo. Tenía veinticinco mensajes de María (excepto uno de mi efímera pareja lamentándose por lo que no sucedió), se había pasado la noche recriminándome mi actitud con su amiga y de que quisiera aprovecharme de su borrachera. Sus primeros mensajes me echaban la bronca y los siguientes me incitaban a darle una explicación. Yo estaba alucinando, no entendía nada. Intentaba recordar cómo había sido mi comportamiento y no encontraba un motivo que, a mi juicio, fuese recriminatorio. Por lo que llegué a una conclusión: María estaba como una cabra o yo hice algo de lo que no me acordaba. Le mandé un WhatsApp, en tono muy comedido, para que me explicase que era lo que había hecho mal. En menos de dos segundos tenía su respuesta; otra bronca por intentar seducir a su amiga. Tenía dos opciones; ponerme a discutir con ella (algo que el cuerpo no me pedía) o tomármelo con mucha coña a ver por dónde me salía ella. Ni corto, ni perezoso le pregunté si era su novia, la contestación fue contundente “eres un cabrón, a mí me gustan los hombres”, siguió de nuevo con la riña para terminar echándome en cara que no le había contestado antes, que llevaba toda la noche esperando mi respuesta. Me disculpé, le comenté que no me encontraba bien y que había dejado el teléfono apagado. Añadí que la noche anterior ella estaba preciosa, que el vestido era muy bonito y que me hubiese encantado bailar con ella (intentaba cambiar el enfoque para que olvidara su enfado conmigo o me dejara en paz de una vez) sorprendentemente me respondió que eso que le decía no lo sentía de verdad, si estaba tan guapa ¿por qué no me había acercado a ella en vez de a su amiga? Dado el cariz que estaba tomando el asunto no pude parar y me lancé a fondo. Le dije que yo casi nunca mentía y que si ella me hubiera dado algo de pie…allí mismo en los lavabos le hubiese hecho el amor, que me tenía loquito. Me mandó a freír espárragos y dejó de whatssapear conmigo.

     Estuve toda la tarde rememorando nuestra charla virtual, algo no me cuadraba.  Era cierto que me gustaba y mucho, aunque nunca creí que ella se pudiera fijar en mí. Lo que no había entendido, hasta ese momento, era el motivo real del enfado. Y de repente… lo vi todo claro, ella se disgustó al no ser la elegida por mí. Le mandé un mensaje de móvil y luego un whatsApp citándola al día siguiente en el mismo pub a las ocho de la tarde.

     Eran las ocho y diez, María no aparecía. Un combinado de ron cola me ayudaba a templar los nervios. Mis dudas eran muchas, todavía no estaba convencido de mi suerte. Posiblemente esa noche estropeé sin querer algo que podía haber sido bonito. Maldecí mi timidez y la falta de confianza en mí mismo. Lo fácil no siempre es lo mejor. Después de 45 minutos de espera y tres cubatas decidí marcharme a casa. Era seguro que no aparecería. Me hizo creer que le gustaba y no era verdad. Enojado y deprimido crucé la puerta del local.

     María se encontraba apoyada en un coche, justo debajo de la luz de una farola. Estaba preciosa. Cuando coincidieron nuestras miradas su cara pasó de la sorpresa a la alegría incontenida. Como un autómata me lancé hacia donde estaba, la abracé y nos besamos. Luego me contó que no se había atrevido a entrar, que no hubiese soportado que la cita hubiese sido una broma.