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miércoles, 25 de marzo de 2020

Fiesta en el prado


     El pulpo con patatas estaba delicioso, los culines de sidra se sucedían de una manera vertiginosa, por lo que las botellas se acumulaban encima de la mesa. Estábamos en una fiesta de prado. Un camión escenario iniciaba su proceso de transformación, en menos de una hora, de sus entrañas nacería un completo escenario donde el dúo "Luna Blanca" actuaría para el deleite del personal. Pero eso no lo verían mis acompañantes, cansados de hacer turismo durante todo el día y ya hastiados de beber y comer optaban por marcharse a la casa rural. Yo quise quedarme un rato más, necesitaba seguir disfrutando de la fiesta y no podía terminar el día sin un merecido ron con cola.
     En la larguísima barra tropecé con mi vecino de alojamiento, un tipo de edad mediana y con cara de pocos amigos. Me saludó de manera forzada y después de recoger su bebida se marchó con su familia que ocupaba una mesa en una esquina de la carpa. Su pareja era una mujer de piel morena, no pasaría de los treinta y cinco años, no era una belleza aunque, tal vez influenciado por la cantidad de alcohol ingerido, me pareció terriblemente atractiva.
      Volví a mi sitio sin dejar de pegar rápidos vistazos hacia esa manzana prohibida. Poco duró mi deleite visual, en apenas cinco minutos se levantaron y me quedé sin punto de interés donde dejar escapar mi imaginación en esos momentos tan placenteros.
     Inicié el retorno, ya no tenía ganas de más jolgorio.  La zona de casas rurales adosadas se hallaba a unos 500m. atravesando varios prados, por los caminos se alargaba y era peligroso por los escasos y veloces vehículos que circulaban. El trayecto no era largo, aunque poco iluminado y dado mi estado debía de andar con cuidado. Mi mente seguía empecinada en la mujer morena y la cara de animal de su pareja, había algo que no cuadraba, andaba con esos pensamientos cuando oí unos gemidos. Me quedé quieto, no sabía si procedían de la fauna local o de otra cosa. Detrás de una meda la encontré, escondida tras ese cono de hierba estaba ella, llorando de manera discreta e intentando hacer el mínimo ruido posible. Al verme se asustó, sin acercarme más le hablé de forma pausada y calmada. Me identifiqué como su vecino temporal y se tranquilizó. Poco a poco me fui ganando su confianza y ella dejo escapar de su corazón todo el mal que le afligía: un matrimonio fracasado, marido celoso, putero y violento, una prometedora carrera que dejó escapar cuando tuvo su primer hijo, en definitiva una vida llena de infelicidad. Se encontraba ahí porque él la había pillado mirándome en la fiesta y a la vuelta,  amparándose en la falta de luz le sacudió un fuerte puñetazo en el costado dejándola sin respiración. Tuvo que sentarse y él siguió con los niños a su destino sin mirar detrás. Ella se había arrastrado  hasta ese lugar para estar sola, apartada y que nadie la viera. Estuvimos un rato más hablando antes de irnos a dormir, a pesar de las circunstancias yo me encontraba muy a gusto y a ella le sirvió para aclarar ideas y tomar decisiones de futuro.
     Al nacer el día yo ya estaba apoyado contra el tronco de un árbol, junto al camino que iniciaba su descenso a la zona de aparcamiento. Después de muchos minutos de espera mis vecinos salieron con las maletas camino del coche, esto marcaba el fin de sus vacaciones. Él delante, con una maleta en cada mano y ella a unos pasos de distancia con varias bolsas, no me podían ver, el árbol se encontraba un poco apartado al finalizar la última casa. Cuando el primero llegó a mi altura, salí de improviso y de manera sutil mi pie derecho empujó el suyo izquierdo obligándole a trastabillar, la gravedad hizo el resto. Cayó y cayó rodando hasta estamparse contra el primer coche estacionado, un golpe fuerte agravado por la cantidad de piedras, que unos supuestos niños se habían dejado olvidadas a lo largo de la rampa, y  con las que se fue golpeando en la caída. Con suerte le esperaban unos cuantos días de hospital  y ella sería libre para dar los primeros pasos que la guiarían a una nueva vida.

domingo, 27 de noviembre de 2016

Domingo otoñal

     La penumbra me acompañaba mientras permanecía acostado en mi cama con los ojos cerrados. Una melodía formada por el sonido de miles de gotas que golpeaban incansablemente las hojas de los árboles, la barandilla metálica y el cemento del balcón, entraba suavemente por la puerta cerrada que daba al exterior. El delicioso silencio de la habitación,  apenas perturbado por la lluvia, me envolvía en una paz que entre semana era imposible de hallar.
     Envuelto semidesnudo en una sábana suave de raso, me dejé llevar por la suave caricia de la seda,  disfrutando del roce, dejando que cada poro de mi piel sintiera libremente ese contacto.
     El momento que se había creado de forma fortuita; ligera música natural exterior y la paz interior,  me habían elevado a un estado de trance tal, que apenas pude distinguir  como algo ajeno, al entorno creado, irrumpía entre los dedos de mi pie derecho.  Al principio de modo muy sutil y lento recorría mi cuerpo, después, de manera más atrevida y con mayor acercamiento, abandonó esa parte subiendo por el tobillo camino de mi rodilla. Se recreaba antes de seguir avanzando y junto al movimiento se empezaba a percibir una respiración cada vez más agitada. Una ligera excitación rompía la tranquilidad pasada en cuanto la articulación fue dejada atrás y el muslo pasó a ser el principal acogedor de la incursión que estaba sufriendo. Cambié mi posición para que el pantalón corto del pijama no fuese un obstáculo a esa cálida mano, la maniobra fue un éxito,  sin problemas traspasó el umbral llegando a la parte más delicada que ya de manera impaciente la esperaba totalmente alegre.
            —Noto que ya te has despertado completamente— me susurró al oído.
            —Sí, ya me tienes dispuesto para complacerte en lo que quieras— le contesté con voz suave y entrecortada.
          —Pues... necesito que me lleves a la estación, está lloviendo y no quiero ir andando, así que pégate una ducha y vístete.—
            —¿Ya?—
         —Apenas nos queda tiempo, si no nos damos prisa... perderé el tren— respondió de forma dulce y seductora. 
            —¡Tenemos tiempo suficiente!—le dije mientras le sonreía y la atraía hacia mí.
            
            

sábado, 6 de febrero de 2016

Cita a ciegas

     El local estaba de moda y no era posible cenar allí sin reserva previa. El éxito era notable, sobre todo por la falta de espacio entre comensales. Los camareros y camareras,  vestidos de riguroso negro,  destacaban por el trato excesivamente amable, sus peinados a la moda y sus decoraciones faciales; piercing, tattoos y barbas pobladas en los hombres. Allí estábamos los cuatro en uno de los lugares más oscuros, a la luz de, ¿una romántica vela?,  embutidos en las sillas y rodeados de gente desconocida a las que apenas veíamos,  aunque las podíamos oír.
     Una traicionera llamada telefónica a las ocho de la mañana de un sábado,  después de un viernes noche de movido concierto de punk-rock, me transmitía noticias de un antiguo amigo del cual no sabía nada desde tiempos inmemorables. La propuesta era sencilla y en parte atractiva; una cena ese mismo día con su nueva novia y una amiga de esta, en un restaurante moderno situado en una de las zonas de más marcha de Valencia. Acepté, no tenía nada mejor que hacer.
    Llegué tarde, ellos ya se encontraban dentro disfrutando de una cerveza. Un curioso camarero que controlaba la entrada  me acompañó entre pasillos estrechos y algún escondido escalón.  Disculpas por el retraso, un efusivo abrazo y una rápida presentación fue el preludio de la velada.
  Juan no paraba de hablar, mucho era el tiempo que no nos veíamos y  demasiadas las cosas que contar. La cerveza fue sustituida por un vino de la tierra en cuanto comenzaron a llegar los platos tan  bien decorados,  aunque escasos de contenido. En nuestra tercera botella; mientras escuchábamos las batallitas y a pesar de la cantidad de gente, la percepción de intimidad era mayor. Mi atención se desviaba hacia su novia y la amiga, primero a la cara y luego, sin querer o poder evitarlo,  al bonito escote que llevaban ambas. Me alegré mucho cuando decidieron ir al baño, por fin las podía observar de cuerpo entero. La visión que me brindaron era gratificante, no tenían un cuerpo escultural, tampoco lo necesitaban,  sus  faldas dejaban ver unas preciosas piernas y en conjunto la armonía de sus líneas me parecieron muy atractivas.
         La cuarta botella dio salida a los instintos. Una mano juguetona, como sin quererlo al principio y de forma decidida después, se puso a recorrer mi pierna. Miré a la amiga y vi que disimulaba muy bien, no sé le notaba que me estaba tocando por debajo de la mesa. Al poco tiempo no pude aguantar,  necesitaba devolverle lo que me estaba dando. Ella sabía muy bien donde acariciar, su tacto era muy  placentero y se movía  de forma  experta. Dejé escabullir mi diestra en la zona oculta, la mandé directa y de forma suave a su muslo. Ella pegó un imperceptible bote, me miró, me sonrió, su cabeza se agachó un poco y se dejó hacer.   Entre el vino y otros menesteres el calor invadía nuestros cuerpos e imagino que los coloretes inundaban nuestros rostros. De forma súbita y un poco brusca aparté la garra que me estaba consumiendo de gusto. No quería decorar el suelo o la ropa de mis compañeros, así que interrumpí su acción. Dirigí mis ojos hacia ella y vi que seguía concentrada en un punto de la mesa y permanecía abstraída en sí misma.  Al empezar a acariciarla me había parecido un poco reticente, en estos momentos se encontraba completamente entregada a la atención que le estaba prestando.  Juan continuaba hablándole a su novia, era incansable,  mientras ella le miraba como ausente y mantenía una sonrisa picarona en su rostro ¿Se habría dado cuenta de lo que sucedía bajo el mantel?
Terminada la cena nos fuimos a un bar de copas, el lugar no estaba excesivamente lleno y conseguimos un pequeño recoveco donde estar a gusto, poder charlar, beber y bailar.  La amiga no se había separado de mi desde la salida del restaurante. Juan me miraba sin entender que estaba pasando,  ya que entre ella y yo apenas habíamos cruzado palabras. Él la veía como me cogía y de vez en cuando me besaba. Creo que estaba asombrado y a la vez alegre, la  cita a ciegas parecía que había funcionado.
     Les propuse ir a la barra a por otra ronda de lo mismo, gustosamente aceptaron la invitación y la novia de mi amigo se ofreció para ayudarme con los vasos.  Esperando a que nos atendieran y sin dejar de sonreír me preguntó: ­­­– ¿Te ha gustado?–
– ¿El qué?, ¿tú amiga, el restaurante, la velada? En general todo ha estado muy bien, me ha encantado.– Le contesté.
Con esos bonitos ojos tan resplandecientes y esa sonrisa traviesa que le había visto lucir en el restaurante me sentenció:
– Me hubiese gustado rematar la faena, pero no me has dejado. Ya tendremos ocasión de seguir en otro momento. Estás muy bueno y esto no se va a quedar así–  

martes, 19 de enero de 2016

Gatillazo

 
    Los vasos de plástico con los restos de  cerveza volaban por encima de nuestras cabezas,  el movimiento de la marea era constante, aunque descontrolado,  e intentando seguir el ritmo trepidante de la música en directo del estupendo grupo de punk-rock que actuaba en ese momento. El perfil de los asistentes era variado y pintoresco,  desde los que vestían de la forma más usual o los más cercanos a la tribu;  con sus crestas, cremalleras, tatuajes y camisetas rotas. Todos unidos en una perfecta armonía,  creada gracias a la poesía reivindicativa que eran esas letras maravillosas junto a ese sonido urbano. El flujo de personas era intenso, no había un momento de quietud. Cuando no pisabas a alguien, te pisaban a ti, los empujones y choques eran constantes (todos de buen rollo, eso sí). Otros no paraban de pasar cargados con vasos hasta el borde de bebida que iban derramando encima de quien tenían al lado en su intento de llegar al sitio que ocupaban antes. El suelo estaba pegajoso y el ambiente cargado de olores diferentes;  alcohol,  hierba y sudor eran los predominantes. Las caras de satisfacción estaban concentradas en el escenario y nada importaba salvo pasarlo bien  ¡joder, estábamos de concierto!
     Después de varias horas, con muchas cervezas ingeridas y en pleno éxtasis musical, me encontraba arrinconado a un lado de la sala,  apoyado en la pared. Unas manos voraces y sedientas de pasión recorrían mi cuerpo por debajo de la ropa de manera concienzuda: cuello, hombros, espalda, ingles, barriga, pecho, pezones... caricias que me transportaban a un estado muy placentero. Lola se había unido desde atrás a mí. Me abrazaba, me acariciaba, su lengua dejaba su rastro en mi cogote y en los  lóbulos de mis orejas. Yo, totalmente embelesado, giraba mi cabeza hacia ella mirándola de vez en cuando y sin parar de moverla  al ritmo de la música, circunstancia que ella aprovechaba para devorarme los labios. En más de una ocasión fue muy fácil olvidarse del resto del mundo mientras nuestros cuerpos se dejaban llevar de manera instintiva.
     La actuación llegó a su final, en ese instante solo pensaba en salir  de ahí y culminar la noche con mi pareja. Henchido de pasión,  con una presión en los bajos insoportable y cogidos de la mano nos fuimos entre empellones hacia la salida.
      El frío de la noche nos golpeó de forma cruda en la cara. La sangre comenzó a llegar al cerebro después de tanto tiempo retenida a mitad de camino. La realidad se reía de nuestro momento de felicidad;  la temperatura no invitaba a perdernos en ningún solar, no teníamos vehículo y apenas dinero para un taxi. Nos miramos a la cara, una amarga sonrisa de impotencia se apoderó de las mismas, tendríamos que esperar a mejor ocasión.     

miércoles, 6 de enero de 2016

Despertar

    Solo, tumbado en el sofá y dejando las horas pasar . Era tarde de Reyes Magos y no tenía nada que hacer, sus hijas estaban en casa de su ex y la tensión  vivida en las recientes fechas navideñas le instaron a encerrarse en casa y a olvidarse de una familia que él estaba convencido que ya no lo necesitaba . Tenía que replantearse la vida que llevaba, era momento de renacer de las cenizas y comenzar una nueva historia.
     "Ding  dong, ding  dong", "ding dong, ding dong". De manera insistente sonaba el timbre de la puerta. Se abalanzó deprisa al telefonillo y pulsó el botón de apertura de la puerta , no esperaba a nadie, tampoco estaba de humor para aguantar a ningún pesado o pesada que le contará los muchos regalos recibidos en un día tan especial.
     Como una tromba entró Cloe, su hija no le dejó reaccionar ni abrir la boca. Sin apenas respirar le soltó una reprimenda de campeonato: que si no sabía beber, que era un desagradecido, que como había sido capaz de insultar a los abuelos, por qué no era capaz de perdonar a su madre tras cometer  un error cuando él se había comportado como un cerdo en numerosas ocasiones... La lista era larga y en apariencia bien estudiada. Cuando se desahogó lo miró largamente,  el silencio inundaba la habitación.   Cloe no dijo nada más, dejó en la mesita un paquete envuelto en papel de regalo y después de darle  un beso en la mejilla  se marchó a la misma velocidad que había entrado.

     Él, todavía estupefacto por lo acontecido, alargó la mano y cogió el obsequio, lentamente rasgó la envoltura dejando al descubierto  una caja de cartón.  Con  cuidado separó la tapa. Del interior extrajo una foto familiar preciosamente enmarcada y una nota que decía: " Papá recupera tu vida y sé feliz. Aunque la noche sea fría y oscura siempre vuelve el amanecer inundando de luz y calor todo lo que te rodea.  Te queremos y siempre nos tendrás a tu lado cuando nos necesites".  

sábado, 18 de julio de 2015

Yaya María

    San Pedro dormitaba en su garita mientras permanecía de guardia a las puertas del cielo. Le gustaba la ropa clásica y seguía vistiendo la típica toga romana de color blanco acompañada de unas caligas a juego. En una de sus cabezadas creyó soñar con un ángel que en forma de mujer le tocaba el hombro con manos de dedos torcidos. No era un sueño, allí estaba ella, con su mejor traje y su cara de contrariedad por no atenderla con prontitud.

     A ella le hubiese gustado presentarse con su níveo pelo recién salido de la peluquería,  no pudo ser y en el fondo la irritaba.

     San Pedro la observó con detenimiento, se apoyaba en un bastón e irradiaba mucha fortaleza. Comprobó en su ordenador el fichero de creyentes, ahí estaba; María, de Casa el Seco, casi noventa y ocho años de edad. Leyó su ficha con detenimiento y se quedó asombrado de su currículum, era una de los mejores miembros de la Comunidad. Había una pequeña anotación  al margen que lo ensombrecía un poco:  "es una rebelde que se niega a abandonar a su familia, nos ha costado mucho convencerla para que iniciará el viaje hacia la luz".  Luego leyó en voz alta para que ella le escuchará:

— "Sin hijos, pero ha criado  a tres generaciones. Su casa ha sido el hogar de toda la familia durante décadas. Ha intentado educar, de la mejor manera posible, a todos los que han pasado bajo su cuidado. Trabajadora, generosa y toda una vida dedicada a los demás."

Impresionante. Un historial que está muy por encima de la media. Ahora mismo le abro la puerta para que pase a la zona de recepción. Allí le darán instrucciones de cómo proceder, pero por lo que he leído seguro que le asignan un papel destacado, también tiene la opción de elegir a que va a dedicarse durante toda la eternidad.—
— A mi me dejan tranquila y deme una silla que me estoy cansando de estar de pie.— Le respondió ella con tono de cansancio.
— El viaje agota, es normal que se encuentre así. En cuanto entre por la puerta notará la transformación que se producirá en usted: físicamente aparentará la edad en la que se sienta más cómoda, dejará de sentir ningún tipo de placer o dolor corporal, se convertirá en un Ser Celestial.—
— A mí eso me dona igual, lo que yo quería era seguir estando y continuar cuidando de la familia que eso es lo más importante. Y ara anem cap a dins y déjese de monsergas.—

         San Pedro le abrió las puertas y la acompañó a recepción, nada más cruzar la puerta del cielo el cambio se produjo; rejuveneció decenas de años, dejo de apoyarse en el bastón y su mirada traviesa se fijaba en todos los detalles.  Al llegar la introdujeron en la habitación del último contacto. La invitaron a sentarse delante de una pared blanca, seguidamente le explicaron que si quería podía ver los últimos momentos terrenales que había compartido con su familia. Luego podría elegir su futuro o se le asignaría una función que cumplir. Ella que estaba preocupada enseguida aceptó las condiciones y les dijo que pusieran en marcha la película.  Las imágenes se sucedían de manera ininterrumpida, apenas se detenían en los presentes, al momento se vio tumbada dentro del ataúd en la iglesia del pueblo.

— Eixò vull veure-ho bé.—  Dijo ella, esa escena le interesaba.

     La imágenes retrocedieron hasta la llegada del cortejo fúnebre, luego la entrada a la iglesia,  los que allí se encontraban y el transcurso de la misa. Después de la comunión sucedió un hecho que no era habitual, Yaiza (una de sus biznietas sobrinas)  se dirigía al altar y el sacerdote le encendía el micro invitándole  a decir unas palabras, ella, con calma forzada,  desdoblo el papel donde había anotado las palabras que le iba a dirigir y comenzó a leer:
— "Bueno yo solo quería decir que se ha ido la mejor persona que ha pisado la tierra, la mujer más luchadora, que a pesar de todo ha aguantado los golpes y baches de la vida como una campeona. Ahora me arrepiento de no haber podido decirte te quiero  todas las veces que me hubiera gustado decírtelo y si me escuchas ahora mismo desde allí arriba..."—
— Clar que t'escolte filla meua.— pensaba María.
—" ... ¡Te quiero! Espero que estés orgullosa de mi a cada paso que dé, porque yo lo he estado de ti y siempre lo estaré. Yo sé que me  darás la mano en mi camino y espero llegar un día a ser como tú, ya que gracias a ti he aprendido que hay que luchar hasta el final. Tu camino, desgraciadamente, se ha acabado, pero espero que en el mío me acompañes cogida de mi mano. Yaya María, estuviste, estás y estarás siempre en mi corazón ¡te quiero!"—

     Un aura de amor envolvió al nuevo Ser Celestial y confirmó su convicción de seguir velando, desde el Cielo, por los suyos. Ese iba a ser su papel, se convertiría en el ángel de la guarda de todos ellos. 

viernes, 20 de marzo de 2015

Hotel Cápsula

    Dejaron aparcado el Mercedes-Benz C 220 BT delante de la puerta, que previamente habían alquilado para que me trajeran aquí. El complejo estaba bastante bien situado; una zona tranquila, buenas vistas y buenos accesos. Además, era un sitio con mucha historia, la puerta databa de principios del siglo XX  y algunas partes de la estructura eran, incluso, cien años más antiguas.  Con el paso del tiempo habían ido ampliando con construcciones más modernas.  Grandes árboles rellenaban los huecos del jardín y en los días de viento recitaban una melodía que se oía en varios kilómetros a la redonda.
  Me ayudaron a bajar y entramos en el recinto. Los empleados del establecimiento comprobaron, primero,  que estaban los papeles en regla, seguidamente nos fueron indicando entre los numerosos pasillos por donde acceder. A derecha e izquierda teníamos interminables filas de habitáculos ya ocupados por los que llegaron antes. Aún siendo un día entre semana y a las cinco de la tarde, el local estaba bastante lleno y me asignaron un aposento en la  zona más nueva.
     Precisamente, la semana pasada,  en la televisión  vi un programa sobre estos hoteles de cápsulas, pero era en Japón, estaban de moda y eran muy utilizados para temporadas muy cortas de descanso. Aquí en España, por ejemplo en Valencia, se comenzaron a construir en 1808, por lo que imagino que los asiáticos nos copiaron  la idea.   Para mí era la primera vez, yo siempre me había alojado en hoteles convencionales  y por uno o varios días.
     Calle XXI, fila veintitrés, número cinco,  esta era mi habitación. Con cara indolente los empleados  me ayudaron a entrar. Se despidieron de mí y cerraron de forma cuidadosa el hueco para que pudiera descansar tranquilo. Ahora me encontraba solo, metido en una cápsula; sin luz, sin tele y rodeado de un silencio absoluto.
     Al día siguiente una preciosa muchacha, vestida con un mono de trabajo, después de limpiar la zona, ordenar unas flores y ajustar una cruz medio caída,  se plantó frente a mi pequeña puerta, colocando a continuación una placa donde se podía leer varias cosas, entre ellas  mi nombre y una frase muy peculiar: " Descanse en Paz" 

domingo, 4 de mayo de 2014

LA DICTADURA DEL TIEMPO

Casi cien años tenía la antigua fábrica, se encontraba vieja, además en estos momentos no estaba ni al cincuenta por cien de su producción y  nunca volvería a tener la capacidad que tenía antes, aún así, cumplía con creces los objetivos marcados por la dirección y todavía realizaba las funciones asignadas sin ayuda de equipos externos. Estas directrices se iban adaptando al paso del tiempo y al estado de las máquinas.
Nació en 1917. Por sus ventanas pasaron dos guerras mundiales y una dura guerra civil. Todo comenzó de maravilla y pronto se vio que era una fábrica con mucho potencial. En sus primeros treinta años llegó incluso a unirse a otra empresa, fueron años felices, pero efímeros. La otra industria tenía graves problemas y se fue abajo. Vinieron momentos malos que tuvo que solucionar centrándose en el cuidado y formación de nuevos ejecutivos. En la época actual la producción se centraba en el propio mantenimiento de su estructura y su entorno.
De dos décadas a hoy se le sometía a diferentes revisiones técnicas anuales para poder conservar, y alargar en la medida de lo posible, su duración. En algunos de estos exámenes se le aplicaban tratamientos que el propio edificio rechazaba por los efectos inmediatos que producían. Tras  hacer urgentes reparaciones en la fachada para evitar que un mal se extendiera, el deterioro avanza; la maquinaría se va quedando obsoleta y absorbe menos materia prima, la producción baja de manera alarmante  y perjudica a la viabilidad de la empresa. Lo más preocupante es que el último ingeniero que la visitó ha detectado un pequeño incendio en una de los aparatos, un fuego que se está extendiendo y que no se puede solucionar. El difícil acceso y la fragilidad de la estructura no permiten el paso a la zona. El tiempo, que es impasible, será el que decida cuando el último grano de arena marque el previsible final. Mientras, desde el exterior, observamos que la antigua fábrica aparenta todo su esplendor y, todavía, se resiste a mostrar signos de debilidad. Cualquier día de estos se vendrá abajo, solo nos quedaran los buenos recuerdos y la eterna gratitud por todo lo que nos ha aportado y enseñado.
     Recostada en el sillón, cubierta con su batín azul y cara al televisor de la salita. Su pelo blanquecino y revuelto. Sus gafas más modernas y ligeras, que las anteriores, disimulan las manchas rosáceas que le recubren la cara. A la vista tiene las manos, las ha dejado caer en su regazo, mirarlas es como introducirse en una película de ficción; sus dedos retorcidos parecen sarmientos que debían de haberse podado muchos inviernos atrás. Nota mi presencia, abre los ojos y me sonríe. Ella nunca dejará translucir el dolor que en algunos momentos debe de sentir, no sabe nada, nadie se lo ha dicho, simplemente de vez en cuando nos comenta:
      —Últimamente no me encuentro muy bien... será del tiempo.
      A lo que le contestamos con una sonrisa. —Sí, al tiempo que usted tiene.

miércoles, 10 de julio de 2013

FORMACIÓN CONTINUA

      A las 10 de la mañana nos reuniamos todos en el aula 2b del segundo piso. El curso fue muy corto, solo duró una semana. La relación social era nula, apenas unas palabras en el momento del descanso. Nos limitábamos a escuchar a la profesora y a cruzarnos preguntas, luego al finalizar la clase salíamos disparados a casa. Yo, llegaba y cenaba rápido con mis padres, luego me encerraba en mi habitación para comprobar los correos y compartir experiencias en las redes sociales. Tenía todas las horas del día ocupadas; trabajo, curso y casa. Apenas disponía de tiempo para nada más. En el curso le había echado el ojo a alguna compañera, aunque ellas a mi me habían ignorado completamente. Aún así, fantaseaba con la ropa interior que llevaban bajo aquel vestuario tan sugerente. No todo era atracción sexual, a veces me las imaginaba en una cena, en un paseo por la montaña o simplemente de charla en el banco de un parque. Lo cierto es que estaba cansado de no tener pareja.

     A mitad de semana la profesora tuvo la genial idea de finalizar el curso con una cena. La propuesta no me llenó de especial ilusión. Lo comenté en casa y mi madre se empeñó en que fuera para distraerme un rato, que así me daría el aíre. Por lo que acepté el ofrecimiento.

     ¡Viernes, final del curso! reparto de diplomas y soparet. De dieciséis personas apenas nos encontrábamos en el bar la mitad. La mayoría mujeres excepto dos hombres, los cuales nos sentamos juntos y conversábamos de un tema tan socorrido como el fútbol o de alguna cuestión de clase, eso sí, sin quitar el ojo a alguna de las chicas que se habían puesto especialmente guapas para la ocasión. Ellas apenas nos dirigieron la palabra y llegamos al final del café sin pena ni gloria. Unas palabras de despedida, reparto de cortesía de teléfonos, correos electrónicos, etc…para seguidamente la profesora dejarnos hasta más ver. Siguieron su ejemplo la mayoría. Yo me negaba a irme a casa tan pronto, después de tanto tiempo sin salir, necesitaba divertirme un rato. Mis pensamientos se tradujeron en palabras sin apenas darme cuenta, despertándome de ellos expresiones como; -¡yo me apunto! -¡necesito una copa, -¡quiero bailar!, -¡vámonos de marcha! Así que las cuatro Mosqueteras y el Llanero Solitario (que era yo) nos marchamos a un pub de la zona a explayarnos un rato.

     Las primeras copas cayeron deprisa. Era necesario un acelerante de habilidad social y el alcohol siempre ha sido un magnifico remedio. La música, el ambiente, las ganas de marcha ayudaron a que nos relajáramos y nos conociéramos un poco mejor. Al final estuve a punto de triunfar, no gracias a mi encanto, si no a Don Ron que me facilitó las cosas. Tarde y medio borrachos, con la pista de baile como escenario, una de las chicas y yo pasábamos del movimiento convulso al roce intencionado, de la charla a gritos a la conversación cercana y sugerente. El beso fue un paso lógico a lo que tenía que llegar…eso si María no se hubiese interpuesto. María era muy guapa, pero inaccesible. Había mantenido siempre las distancias y yo no tenía las suficientes criadillas como para acercarme a ella, de hecho pensaba que no hubiese servido para nada. Nos interrumpió diciendo que su amiga se tenía que ir, que iba muy borracha, que no sabía lo que se hacía, ¡ostras! ¿Qué no sabíamos lo que hacíamos? ¡Pero si nuestros cuerpos eran puro deseo!  No pudo ser, la aguafiestas nos fastidió la noche.

     Tardé en levantarme. La resaca y la sensación de nauseas me invadieron hasta pasadas las tres de la tarde. Luego con ayuda de los remedios de la agüela y alguna aspirina me dispuse a comenzar el día. Conecté el móvil y se puso a pitar como loco, de lo aturdido que estaba y del susto casi lo tiro al suelo. Tenía veinticinco mensajes de María (excepto uno de mi efímera pareja lamentándose por lo que no sucedió), se había pasado la noche recriminándome mi actitud con su amiga y de que quisiera aprovecharme de su borrachera. Sus primeros mensajes me echaban la bronca y los siguientes me incitaban a darle una explicación. Yo estaba alucinando, no entendía nada. Intentaba recordar cómo había sido mi comportamiento y no encontraba un motivo que, a mi juicio, fuese recriminatorio. Por lo que llegué a una conclusión: María estaba como una cabra o yo hice algo de lo que no me acordaba. Le mandé un WhatsApp, en tono muy comedido, para que me explicase que era lo que había hecho mal. En menos de dos segundos tenía su respuesta; otra bronca por intentar seducir a su amiga. Tenía dos opciones; ponerme a discutir con ella (algo que el cuerpo no me pedía) o tomármelo con mucha coña a ver por dónde me salía ella. Ni corto, ni perezoso le pregunté si era su novia, la contestación fue contundente “eres un cabrón, a mí me gustan los hombres”, siguió de nuevo con la riña para terminar echándome en cara que no le había contestado antes, que llevaba toda la noche esperando mi respuesta. Me disculpé, le comenté que no me encontraba bien y que había dejado el teléfono apagado. Añadí que la noche anterior ella estaba preciosa, que el vestido era muy bonito y que me hubiese encantado bailar con ella (intentaba cambiar el enfoque para que olvidara su enfado conmigo o me dejara en paz de una vez) sorprendentemente me respondió que eso que le decía no lo sentía de verdad, si estaba tan guapa ¿por qué no me había acercado a ella en vez de a su amiga? Dado el cariz que estaba tomando el asunto no pude parar y me lancé a fondo. Le dije que yo casi nunca mentía y que si ella me hubiera dado algo de pie…allí mismo en los lavabos le hubiese hecho el amor, que me tenía loquito. Me mandó a freír espárragos y dejó de whatssapear conmigo.

     Estuve toda la tarde rememorando nuestra charla virtual, algo no me cuadraba.  Era cierto que me gustaba y mucho, aunque nunca creí que ella se pudiera fijar en mí. Lo que no había entendido, hasta ese momento, era el motivo real del enfado. Y de repente… lo vi todo claro, ella se disgustó al no ser la elegida por mí. Le mandé un mensaje de móvil y luego un whatsApp citándola al día siguiente en el mismo pub a las ocho de la tarde.

     Eran las ocho y diez, María no aparecía. Un combinado de ron cola me ayudaba a templar los nervios. Mis dudas eran muchas, todavía no estaba convencido de mi suerte. Posiblemente esa noche estropeé sin querer algo que podía haber sido bonito. Maldecí mi timidez y la falta de confianza en mí mismo. Lo fácil no siempre es lo mejor. Después de 45 minutos de espera y tres cubatas decidí marcharme a casa. Era seguro que no aparecería. Me hizo creer que le gustaba y no era verdad. Enojado y deprimido crucé la puerta del local.

     María se encontraba apoyada en un coche, justo debajo de la luz de una farola. Estaba preciosa. Cuando coincidieron nuestras miradas su cara pasó de la sorpresa a la alegría incontenida. Como un autómata me lancé hacia donde estaba, la abracé y nos besamos. Luego me contó que no se había atrevido a entrar, que no hubiese soportado que la cita hubiese sido una broma.

martes, 28 de mayo de 2013

SALIDA AL CAMPO


Después de varios días de lluvia y frío,  por fin ha salido el Sol. No era muy potente, pero lo suficiente para estarse calentito donde pegaban sus rayos. Ante este magnifico día, comparado con el resto, Toni decidió que saldría a correr un rato, calculó que tendría que irse sobre las cinco de la tarde para que el ocaso del sol no le pillara, todavía estaban en invierno y anochecía temprano.

     Al final, entre visitas y personas conocidas que se iba encontrando a la vuelta de la compra,  se retrasó más de lo habitual. La comida, entre prepararla y disfrutarla casi se merienda, por lo que a la hora prevista todavía no estaba listo para salir a rodar. Eran más de las cinco y media cuando, embutido en sus mallas negras con franjas naranjas y dentro de su cortaviento azul marino, salía de casa en dirección al campo. Aunque el astro rey todavía calentaba, las ráfagas de viento eran  fresquitas. Inició su andadura, a la salida del pueblo echó a correr despacio, cuando llegó a la primera pista aumentó el ritmo,  le quedaba menos de una hora para que la noche le cayera encima.

     Toni corría y corría, quería llegar al punto kilométrico marcado en menos de treinta minutos, el camino de tierra subía y bajaba adentrándose en el bosque. La prudencia le debía de haber  advertido de que las subidas pronunciadas las tenía que hacer a un ritmo muy inferior, pero esa virtud se encontraba de vacaciones. Predominaba la sensación de miedo a la oscuridad en  esta zona solitaria plagada de árboles y ruidos de la naturaleza.      Y lo que era lógico que sucediera… sucedió. Toni reventó como el Lagarto de Jaén, el fuerte ritmo impuesto, la cantidad de bajadas, subidas y la falta de un entrenamiento continuado le pasaron factura. Él no quería parar, su obsesión era seguir corriendo, pero el cuerpo y la cabeza no le acompañaban. Paró, se puso a andar y a beber de la botellita que llevaba encima. Todo comenzaba a darle vueltas, le costaba respirar y un malestar, cada vez más profundo le entraba en la boca del estomago. Tuvo que apoyarse en un árbol, se sentó y buscó con la mirada a cualquier persona que anduviese por esos caminos… lo último que vio fue un trozo de cielo lleno de nubes de un color gris oscuro.

     Despertó desorientado, le dolía mucho la garganta y tenía sensación de nauseas. Sentía frío y todavía se encontraba un poco mareado. Poco a poco fue recuperándose.  Había perdido el sentido, posiblemente por una lipotimia. Se levantó y reemprendió el regreso a casa. La oscuridad era casi completa, se conocía el camino y apenas estaba a seis kilómetros del pueblo, pero rodeado de vegetación y sin luz no podía evitar que el miedo le invadiera. Cualquier ruido le alarmaba; un conejo que salía disparado de un matorral por el que  él pasaba, un grupo de perdices que asustadas elevaban el vuelo o el roce de sus ropas. De nuevo inició el trote, con precaución para no destrozarse un tobillo o no tropezar, la visibilidad era escasa.

     Era una noche cerrada, las nubes ocultaban la luna y las estrellas, la poca luz que se escapaba de entre esas bolas oscuras de algodón dibujaba figuras fantasmagóricas ayudadas por los árboles y arbustos. Toni tenía dos opciones; dejarse llevar por la desesperación o mantener la cabeza fría y llegar a casa. Optó por lo segundo. Sabía que; paso que daba era un metro menos que le faltaba para llegar, por lo que se impuso correr despacio pero de forma continuada. Su mente la ocupó con imágenes del bosque en pleno amanecer: los colores vivos, los cantos de los pájaros, cientos de olores maravillosos y esa sensación de libertad que le invadía. Se embutió en esa idea y siguió hacia adelante. 

     Gruesos goterones de agua le golpeaban en todo el cuerpo y la temperatura bajaba más a cada momento, apenas le quedaban tres mil metros para llegar a la entrada del pueblo. Era imposible avanzar, tenía que buscar un lugar seguro y seco hasta que amainase la tormenta. Recordó que a pocos metros se encontraban las ruinas de unas pequeñas instalaciones de la vieja mina, apenas veía y se esforzó por vislumbrar algún pequeño indicio que le guiase, aunque con esa oscuridad era imposible ver nada. A su parte derecha creyó ver un pequeño resplandor y se dirigió a él con mucha precaución. La pequeña emisión se movía despacio y lo fue guiando hasta que encontró la casa adosada a la montaña. Evitando los escombros entró por lo que creía que había sido alguna vez la puerta. Toni se guiaba por la suave luz que veía al fondo, de su boca salieron palabras de aviso advirtiendo de su entrada en la casa: ­— ¡HOLA!, ¿HOLA?, ¿hay alguien ahí?— decía con voz temblorosa.
— Solo busco refugio, hace frío y llueve demasiado fuerte, ¿hola?—.
A medida que hablaba y cuando llevaba bastantes metros andados, se acercaba a la habitación vagamente iluminada. Se asomó, vio a un chico de entre trece y dieciséis años de edad, sentado, de espaldas y con las manos extendidas hacia una vela.
— Hola, me llamo Toni y busco refugio. ¿Te importa que me quede contigo un rato?
El muchacho se giró y  le hizo gestos para indicarle que se aproximara. Lo hizo, la luminosidad de la vela reconfortaba pero hacía mucho frío, una corriente de aíre que provenía de una esquina, al fondo de la habitación, de lo que debió ser un derrumbe parcial del techo, lo estaba congelando. El joven extendió su brazo y con su dedo señaló una chaqueta que estaba tirada en un rincón llena de polvo. Toni se levantó, la cogió y se la puso, le venía pequeña pero no le importó, necesitaba entrar en calor. Los minutos fueron pasando y el muchacho no decía nada, se limitaba a estar sentado junto a la vela. Después de un buen rato, o eso le pareció, la calma secundaba  la tormenta dejando de llover. Toni se levantó y le dijo al chico que deberían marchar, que tenían que volver, era hora de que regresaran al pueblo. El joven le miró mientras se incorporaba, una gran sonrisa ocupaba su cara y le dijo adiós con la mano  a la vez que Toni salía de la construcción, apagó la vela y se encaminó hacia la parte destruida de la habitación donde se encontraba.

     Toni nada más entrar en el pueblo se topó con la Benemérita, el coche de la Guardia Civil con las luces giratorias azules encendidas frenó delante de él y bajaron el sargento y el conductor — ¿Toni García?, ¿Eres Toni García?
— Sí, soy yo. He tenido problemas con la tormenta, pero por fin he llegado.
— Hemos recibido aviso de Doña Juliana, usted había salido por la tarde a correr y no tenía constancia de su regreso. Íbamos ahora a buscarlo— le informó el sargento.
— Siento mucho las molestias, me ha pillado el aguacero, se me ha hecho de noche  y no podía continuar. Me he tenido que refugiar en La Mina.
— No pasa nada, para esto estamos. Suba al coche y le llevaremos a su casa, necesita una buena ducha y quitarse la ropa mojada.

Entró al coche y cuando llegaron a la puerta de su domicilio, se encendieron las luces interiores del habitáculo, el sargento se giró en su asiento y se dispuso a despedirse de Toni, antes de decir nada su cara cambió, estaba blanco y señalándole dijo: — ¿esa chaqueta es tuya?, ¿de dónde la has sacado? ¿DIME DE DÓNDE LA HAS ENCONTRADO?
— No es mía señor, tenía frío y la cogí de la ruina donde me cobijé en La Mina. Estaba tirada en el suelo de la habitación— le respondió.
— Tendrás que acompañarnos, nos vamos a La Mina. Llévanos, exactamente, al lugar dónde has encontrado esa chaqueta.

     Toni, cansado y aterido de frío, no entendía nada, pero intuyó que algo grave estaba sucediendo y que se había visto involucrado. Les fue explicando cómo llegar al cuarto de donde recogió la chaqueta y les indicó como llegar con el coche al sitio  exacto. El sargento cogió la linterna y bajó muy apresurado adentrándose en la casa medio derruida. Él se quedó en el automóvil y le preguntó al conductor qué era lo que estaba pasando. La historia era sencilla y trágica;  en un día como hoy, hace dos años  exactamente y  también con tormenta, su hijo de catorce años desapareció. Hasta el momento nadie había tenido noticias suyas. Se le buscó por los alrededores del pueblo, se hicieron batidas por los bosques, pero no se le encontró. Tenía la costumbre de salir a pasear y a correr solo. Ese día había salido a pasear y llevaba puesta una chaqueta muy parecida a la que había  encontrado, fue un regalo de su padre  por su cumpleaños. De repente, un grito desgarrador rompió la noche, el Guardia Civil saltó del coche, con la linterna en una mano y la pistola en la otra, se introdujo en la casa llamando a su superior. Toni fue detrás… al llegar a la habitación donde él se había protegido de la tormenta  vio al sargento quitando cascotes de la zona que estaba parcialmente derruida y al número enfocando con su linterna. Se acercó y pudo ver que debajo de aquellos escombros se encontraba un cuerpo que portaba la misma ropa que el chico que le acogió.

     Al día siguiente Toni tuvo que personarse en las dependencias de la Guardia Civil para relatar lo acontecido y firmar su declaración. Naturalmente, y para que no le tomaran por loco, modificó un poco la historia. Aunque y a pesar de la tragedia, en su fuero interno, estaba muy agradecido a ese joven que se levantó de entre los escombros convirtiéndose  en su Ángel de La Guarda.