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viernes, 10 de agosto de 2018

¡ SORPRESA !


      Me quedé parado en el quicio de la puerta, invadido por múltiples sensaciones al encontrarme los objetos que ella me había dejado sobre el lavamanos. Eran cuatro; cuatro elementos usuales en la vida cotidiana de cualquier persona, pero que en ese momento y esas circunstancias tenía un importante significado para mi vida. Al verlos y tras unos segundos paralizado, tuve que sentarme en el único sitio posible; encima del inodoro, más concretamente sobre la tapa. Con las manos cubriéndome la cara y a la vez utilizándolas de apoyo para mi cabeza, que abrumada por un torbellino de sentimientos encontrados era incapaz de aguantarse sola. Deje vagar mis pensamientos con todo lo que me había sucedido en el último año: mi divorcio, adaptarme a mi nueva vida, los días, las tardes y las noches de soledad, el conocer nuevas amistades, noches efímeras en viviendas desconocidas u hoteles sacados de una app. Ahora todo cambiaba radicalmente, se me abría una nueva puerta que me ofrecía refugio, confianza, estabilidad, compañía y noches de complicidad. No había sido consciente de nada de lo que me estaba sucediendo siendo que me andaba aplicando mi dogma de: “vivir lo mejor posible dejando pasar los días a la espera de acontecimientos”. Por lo que la bofetada de realidad recibida, al contemplar esas armas de destrucción de vida sin rumbo fijo, me habían dejado medio catatónico, a la espera de una respuesta que me hiciera reaccionar.

     Ahí estaban: una toalla de baño, una toalla de manos, una esponja sin estrenar y un cepillo de dientes nuevo. Ni los cuatro mosqueteros en sus grandes aventuras me habían dejado tan impresionado. El aceptar el uso de alguno de ellos conllevaba implícitamente la firma de un contrato no escrito en mi relación interpersonal con la propietaria de la casa. Esta era la ocasión donde me podía cuestionar no haber pasado por mi piso para coger la mochila con mis efectos personales.

    Ya era tarde para pensar en otras cosas, tenía que enfrentarme a la situación y afrontarla con naturalidad. Me levanté, salí del lavabo y regresé a la cocina. Con un tono inocente, pero que yo creí entender cargado de intencionalidad, ella me dejó caer: —¿has visto lo que te he dejado en el baño? — La miré, puse mi mejor sonrisa y haciéndome el despistado le respondí: —¡Ah! ¿eso que estaba en el lavamanos? Sí, lo he dejado encima del armario.  No sabía que era para mí—. Me di la vuelta, me hice con una cerveza de la nevera y me fui a sentarme al salón.

domingo, 11 de diciembre de 2016

La vuelta a casa

     Era un  placer caminar por las calles libres de coches y de cientos  de peatones estresados,  envuelto en el silencio que la noche me ofrecía. Había decidido volver andando a casa después de celebrar la cena de empresa con los compañeros y las compañeras.  Los motivos no tenían nada que ver con ser más o menos deportista, sino más bien por la falta de taxis a esas horas  y por la casi borrachera que llevaba. El aíre frío y la caminata me ayudarían a bajar el alcohol y a despejar la mente.
     La celebración resultó mejor de lo que yo me había esperado. Apenas llevaba trabajando con ellos dos meses, incluso me había comprado ropa nueva para la ocasión. Tenía que adaptar mi forma de vestir al nuevo entorno y a mis nuevos amigos. La acogida, la cena, las múltiples copas, el dar lo máximo  bailando... Todo había sido muy grato, incluso en algún momento hubiese jurado que podría haberme liado con una de mis compañeras de trabajo, menos mal que el miedo a meter la pata fue más fuerte que la efímera libertad y poderío que artificialmente me otorgaba el agradable elixir del dios Baco.
     Estaba acostumbrado a trasladarme por la ciudad a pie, me encantaba levantar la vista y admirar los edificios que me rodeaban, sobre todo dejaba que mi imaginación se inventara múltiples historias cuando veía alguna ventana iluminada con alguna sombra moviéndose detrás de ella: ¿se levantará ahora? ¿se estará preparando para acostarse? ¿será feliz? ¿qué hará a estas horas despierto o despierta? De vez en cuando me cruzaba con algún que otro transeúnte solitario, la mayoría con pinta de ir peor que yo, incluso a alguno le costaba caminar en línea recta o hablaba solo. A veces me cambiaba de acera si me iba a cruzar con alguna mujer, no quería que se sintiera intimidada por mi presencia en la negra y tranquila noche. Aunque con mi nuevo aspecto puede que incluso se sintiera reconfortada y agradecida de ir acompañada.      
     Ya faltaba poco para llegar a mi barrio, unos minutos más y entraría triunfal a casa; donde mi madre, contenta del nuevo cambio en mi vida,  seguro que me esperaba despierta sentada en su sillón, con la mirada seria y el alma alegre de ver a su hijo llegar bien a esas horas. Decidí dar un rodeo, era mejor evitarme una regañina asegurándome que los efectos de la bebida se habían disipado un poco más. Enfilé la antigua carretera, llegaría a las afueras y volvería sobre mis pasos. Unos treinta minutos más de ejercicio me ayudarían a encontrarme mejor. De forma decidida aligeré el paso.
     Iba tan sumido en mis pensamientos que no los vi aparecer. Eran dos, uno delante y otro a mi espalda.  El que tenía enfrente no se lo pensó dos veces, sin avisar y al grito de: —¡Dame la chaqueta y todo el dinero que lleves!— estampó su puño en mi cara con tal fuerza que me tiró al suelo, del golpe quedé completamente aturdido. Mientras el segundo permanecía callado vigilando,  el energúmeno no dejaba de darme patadas y de increparme. Del atolondramiento pasé a sufrir la situación, del dolor  transité  a  una rabia irracional. Disparé mi pie  a la rodilla de la pierna con la que se apoyaba mientras me pegaba con la otra, el aullido que soltó se sincronizó con el siniestro crujido  que daba cuenta de la efectividad del impacto, de inmediato se derrumbó cual castillo de naipes.  Aproveché para levantarme y dejándome llevar me lié a golpes con su cara. Olvidé  completamente a quien permanecía en la sombra, éste silencioso y veloz me atacó por detrás, apenas sentí un ardor en el costado. Al momento las fuerzas me abandonaron, me costaba respirar y me asusté, quise correr y las piernas no me respondían, una  luz blanca estalló en mi cerebro seguida de la más absoluta oscuridad.
     Cuando ya comenzaba a amanecer Vicente llegaba al portal de su finca, estaba cabreado,   había tenido que dejar a su amigo con un colega para que lo llevara al hospital, a Domingo le dolía horriblemente la pierna, lo más seguro es que tuviese la rodilla rota. El capullo al que habían querido atracar  se resistió, normalmente tras una buena paliza se dejaban robar sumisamente, nunca respondían, luego les quitaban todo lo que les pudiese ser útil y valiese algo de pasta. Él no, tuvo que hacerse el valiente, ni siquiera le había visto la cara, mejor así, sería más fácil dormir. La luz del piso estaba encendida, se oía mucho movimiento y gritos de desesperación, se asustó; ¿alguien le habría denunciado a la policía? era imposible, no había testigos y en ese trozo de calle apenas existía visibilidad desde las fincas. Entró. Al oír la puerta salieron como una tromba hacia él su madre y su tía, que vivía en el piso de arriba, le abrazaron y mientras lloraban a lágrima viva no paraban de decir: —¡Nos lo han matado! ¡Nos lo han matado! ¡A tu primo lo han dejado tirado en la calle como a un perro después de apuñalarlo cobardemente por la espalda!—
     

domingo, 27 de noviembre de 2016

Domingo otoñal

     La penumbra me acompañaba mientras permanecía acostado en mi cama con los ojos cerrados. Una melodía formada por el sonido de miles de gotas que golpeaban incansablemente las hojas de los árboles, la barandilla metálica y el cemento del balcón, entraba suavemente por la puerta cerrada que daba al exterior. El delicioso silencio de la habitación,  apenas perturbado por la lluvia, me envolvía en una paz que entre semana era imposible de hallar.
     Envuelto semidesnudo en una sábana suave de raso, me dejé llevar por la suave caricia de la seda,  disfrutando del roce, dejando que cada poro de mi piel sintiera libremente ese contacto.
     El momento que se había creado de forma fortuita; ligera música natural exterior y la paz interior,  me habían elevado a un estado de trance tal, que apenas pude distinguir  como algo ajeno, al entorno creado, irrumpía entre los dedos de mi pie derecho.  Al principio de modo muy sutil y lento recorría mi cuerpo, después, de manera más atrevida y con mayor acercamiento, abandonó esa parte subiendo por el tobillo camino de mi rodilla. Se recreaba antes de seguir avanzando y junto al movimiento se empezaba a percibir una respiración cada vez más agitada. Una ligera excitación rompía la tranquilidad pasada en cuanto la articulación fue dejada atrás y el muslo pasó a ser el principal acogedor de la incursión que estaba sufriendo. Cambié mi posición para que el pantalón corto del pijama no fuese un obstáculo a esa cálida mano, la maniobra fue un éxito,  sin problemas traspasó el umbral llegando a la parte más delicada que ya de manera impaciente la esperaba totalmente alegre.
            —Noto que ya te has despertado completamente— me susurró al oído.
            —Sí, ya me tienes dispuesto para complacerte en lo que quieras— le contesté con voz suave y entrecortada.
          —Pues... necesito que me lleves a la estación, está lloviendo y no quiero ir andando, así que pégate una ducha y vístete.—
            —¿Ya?—
         —Apenas nos queda tiempo, si no nos damos prisa... perderé el tren— respondió de forma dulce y seductora. 
            —¡Tenemos tiempo suficiente!—le dije mientras le sonreía y la atraía hacia mí.
            
            

martes, 19 de enero de 2016

Gatillazo

 
    Los vasos de plástico con los restos de  cerveza volaban por encima de nuestras cabezas,  el movimiento de la marea era constante, aunque descontrolado,  e intentando seguir el ritmo trepidante de la música en directo del estupendo grupo de punk-rock que actuaba en ese momento. El perfil de los asistentes era variado y pintoresco,  desde los que vestían de la forma más usual o los más cercanos a la tribu;  con sus crestas, cremalleras, tatuajes y camisetas rotas. Todos unidos en una perfecta armonía,  creada gracias a la poesía reivindicativa que eran esas letras maravillosas junto a ese sonido urbano. El flujo de personas era intenso, no había un momento de quietud. Cuando no pisabas a alguien, te pisaban a ti, los empujones y choques eran constantes (todos de buen rollo, eso sí). Otros no paraban de pasar cargados con vasos hasta el borde de bebida que iban derramando encima de quien tenían al lado en su intento de llegar al sitio que ocupaban antes. El suelo estaba pegajoso y el ambiente cargado de olores diferentes;  alcohol,  hierba y sudor eran los predominantes. Las caras de satisfacción estaban concentradas en el escenario y nada importaba salvo pasarlo bien  ¡joder, estábamos de concierto!
     Después de varias horas, con muchas cervezas ingeridas y en pleno éxtasis musical, me encontraba arrinconado a un lado de la sala,  apoyado en la pared. Unas manos voraces y sedientas de pasión recorrían mi cuerpo por debajo de la ropa de manera concienzuda: cuello, hombros, espalda, ingles, barriga, pecho, pezones... caricias que me transportaban a un estado muy placentero. Lola se había unido desde atrás a mí. Me abrazaba, me acariciaba, su lengua dejaba su rastro en mi cogote y en los  lóbulos de mis orejas. Yo, totalmente embelesado, giraba mi cabeza hacia ella mirándola de vez en cuando y sin parar de moverla  al ritmo de la música, circunstancia que ella aprovechaba para devorarme los labios. En más de una ocasión fue muy fácil olvidarse del resto del mundo mientras nuestros cuerpos se dejaban llevar de manera instintiva.
     La actuación llegó a su final, en ese instante solo pensaba en salir  de ahí y culminar la noche con mi pareja. Henchido de pasión,  con una presión en los bajos insoportable y cogidos de la mano nos fuimos entre empellones hacia la salida.
      El frío de la noche nos golpeó de forma cruda en la cara. La sangre comenzó a llegar al cerebro después de tanto tiempo retenida a mitad de camino. La realidad se reía de nuestro momento de felicidad;  la temperatura no invitaba a perdernos en ningún solar, no teníamos vehículo y apenas dinero para un taxi. Nos miramos a la cara, una amarga sonrisa de impotencia se apoderó de las mismas, tendríamos que esperar a mejor ocasión.     

miércoles, 6 de enero de 2016

Despertar

    Solo, tumbado en el sofá y dejando las horas pasar . Era tarde de Reyes Magos y no tenía nada que hacer, sus hijas estaban en casa de su ex y la tensión  vivida en las recientes fechas navideñas le instaron a encerrarse en casa y a olvidarse de una familia que él estaba convencido que ya no lo necesitaba . Tenía que replantearse la vida que llevaba, era momento de renacer de las cenizas y comenzar una nueva historia.
     "Ding  dong, ding  dong", "ding dong, ding dong". De manera insistente sonaba el timbre de la puerta. Se abalanzó deprisa al telefonillo y pulsó el botón de apertura de la puerta , no esperaba a nadie, tampoco estaba de humor para aguantar a ningún pesado o pesada que le contará los muchos regalos recibidos en un día tan especial.
     Como una tromba entró Cloe, su hija no le dejó reaccionar ni abrir la boca. Sin apenas respirar le soltó una reprimenda de campeonato: que si no sabía beber, que era un desagradecido, que como había sido capaz de insultar a los abuelos, por qué no era capaz de perdonar a su madre tras cometer  un error cuando él se había comportado como un cerdo en numerosas ocasiones... La lista era larga y en apariencia bien estudiada. Cuando se desahogó lo miró largamente,  el silencio inundaba la habitación.   Cloe no dijo nada más, dejó en la mesita un paquete envuelto en papel de regalo y después de darle  un beso en la mejilla  se marchó a la misma velocidad que había entrado.

     Él, todavía estupefacto por lo acontecido, alargó la mano y cogió el obsequio, lentamente rasgó la envoltura dejando al descubierto  una caja de cartón.  Con  cuidado separó la tapa. Del interior extrajo una foto familiar preciosamente enmarcada y una nota que decía: " Papá recupera tu vida y sé feliz. Aunque la noche sea fría y oscura siempre vuelve el amanecer inundando de luz y calor todo lo que te rodea.  Te queremos y siempre nos tendrás a tu lado cuando nos necesites".  

sábado, 18 de julio de 2015

Yaya María

    San Pedro dormitaba en su garita mientras permanecía de guardia a las puertas del cielo. Le gustaba la ropa clásica y seguía vistiendo la típica toga romana de color blanco acompañada de unas caligas a juego. En una de sus cabezadas creyó soñar con un ángel que en forma de mujer le tocaba el hombro con manos de dedos torcidos. No era un sueño, allí estaba ella, con su mejor traje y su cara de contrariedad por no atenderla con prontitud.

     A ella le hubiese gustado presentarse con su níveo pelo recién salido de la peluquería,  no pudo ser y en el fondo la irritaba.

     San Pedro la observó con detenimiento, se apoyaba en un bastón e irradiaba mucha fortaleza. Comprobó en su ordenador el fichero de creyentes, ahí estaba; María, de Casa el Seco, casi noventa y ocho años de edad. Leyó su ficha con detenimiento y se quedó asombrado de su currículum, era una de los mejores miembros de la Comunidad. Había una pequeña anotación  al margen que lo ensombrecía un poco:  "es una rebelde que se niega a abandonar a su familia, nos ha costado mucho convencerla para que iniciará el viaje hacia la luz".  Luego leyó en voz alta para que ella le escuchará:

— "Sin hijos, pero ha criado  a tres generaciones. Su casa ha sido el hogar de toda la familia durante décadas. Ha intentado educar, de la mejor manera posible, a todos los que han pasado bajo su cuidado. Trabajadora, generosa y toda una vida dedicada a los demás."

Impresionante. Un historial que está muy por encima de la media. Ahora mismo le abro la puerta para que pase a la zona de recepción. Allí le darán instrucciones de cómo proceder, pero por lo que he leído seguro que le asignan un papel destacado, también tiene la opción de elegir a que va a dedicarse durante toda la eternidad.—
— A mi me dejan tranquila y deme una silla que me estoy cansando de estar de pie.— Le respondió ella con tono de cansancio.
— El viaje agota, es normal que se encuentre así. En cuanto entre por la puerta notará la transformación que se producirá en usted: físicamente aparentará la edad en la que se sienta más cómoda, dejará de sentir ningún tipo de placer o dolor corporal, se convertirá en un Ser Celestial.—
— A mí eso me dona igual, lo que yo quería era seguir estando y continuar cuidando de la familia que eso es lo más importante. Y ara anem cap a dins y déjese de monsergas.—

         San Pedro le abrió las puertas y la acompañó a recepción, nada más cruzar la puerta del cielo el cambio se produjo; rejuveneció decenas de años, dejo de apoyarse en el bastón y su mirada traviesa se fijaba en todos los detalles.  Al llegar la introdujeron en la habitación del último contacto. La invitaron a sentarse delante de una pared blanca, seguidamente le explicaron que si quería podía ver los últimos momentos terrenales que había compartido con su familia. Luego podría elegir su futuro o se le asignaría una función que cumplir. Ella que estaba preocupada enseguida aceptó las condiciones y les dijo que pusieran en marcha la película.  Las imágenes se sucedían de manera ininterrumpida, apenas se detenían en los presentes, al momento se vio tumbada dentro del ataúd en la iglesia del pueblo.

— Eixò vull veure-ho bé.—  Dijo ella, esa escena le interesaba.

     La imágenes retrocedieron hasta la llegada del cortejo fúnebre, luego la entrada a la iglesia,  los que allí se encontraban y el transcurso de la misa. Después de la comunión sucedió un hecho que no era habitual, Yaiza (una de sus biznietas sobrinas)  se dirigía al altar y el sacerdote le encendía el micro invitándole  a decir unas palabras, ella, con calma forzada,  desdoblo el papel donde había anotado las palabras que le iba a dirigir y comenzó a leer:
— "Bueno yo solo quería decir que se ha ido la mejor persona que ha pisado la tierra, la mujer más luchadora, que a pesar de todo ha aguantado los golpes y baches de la vida como una campeona. Ahora me arrepiento de no haber podido decirte te quiero  todas las veces que me hubiera gustado decírtelo y si me escuchas ahora mismo desde allí arriba..."—
— Clar que t'escolte filla meua.— pensaba María.
—" ... ¡Te quiero! Espero que estés orgullosa de mi a cada paso que dé, porque yo lo he estado de ti y siempre lo estaré. Yo sé que me  darás la mano en mi camino y espero llegar un día a ser como tú, ya que gracias a ti he aprendido que hay que luchar hasta el final. Tu camino, desgraciadamente, se ha acabado, pero espero que en el mío me acompañes cogida de mi mano. Yaya María, estuviste, estás y estarás siempre en mi corazón ¡te quiero!"—

     Un aura de amor envolvió al nuevo Ser Celestial y confirmó su convicción de seguir velando, desde el Cielo, por los suyos. Ese iba a ser su papel, se convertiría en el ángel de la guarda de todos ellos. 

viernes, 20 de marzo de 2015

Hotel Cápsula

    Dejaron aparcado el Mercedes-Benz C 220 BT delante de la puerta, que previamente habían alquilado para que me trajeran aquí. El complejo estaba bastante bien situado; una zona tranquila, buenas vistas y buenos accesos. Además, era un sitio con mucha historia, la puerta databa de principios del siglo XX  y algunas partes de la estructura eran, incluso, cien años más antiguas.  Con el paso del tiempo habían ido ampliando con construcciones más modernas.  Grandes árboles rellenaban los huecos del jardín y en los días de viento recitaban una melodía que se oía en varios kilómetros a la redonda.
  Me ayudaron a bajar y entramos en el recinto. Los empleados del establecimiento comprobaron, primero,  que estaban los papeles en regla, seguidamente nos fueron indicando entre los numerosos pasillos por donde acceder. A derecha e izquierda teníamos interminables filas de habitáculos ya ocupados por los que llegaron antes. Aún siendo un día entre semana y a las cinco de la tarde, el local estaba bastante lleno y me asignaron un aposento en la  zona más nueva.
     Precisamente, la semana pasada,  en la televisión  vi un programa sobre estos hoteles de cápsulas, pero era en Japón, estaban de moda y eran muy utilizados para temporadas muy cortas de descanso. Aquí en España, por ejemplo en Valencia, se comenzaron a construir en 1808, por lo que imagino que los asiáticos nos copiaron  la idea.   Para mí era la primera vez, yo siempre me había alojado en hoteles convencionales  y por uno o varios días.
     Calle XXI, fila veintitrés, número cinco,  esta era mi habitación. Con cara indolente los empleados  me ayudaron a entrar. Se despidieron de mí y cerraron de forma cuidadosa el hueco para que pudiera descansar tranquilo. Ahora me encontraba solo, metido en una cápsula; sin luz, sin tele y rodeado de un silencio absoluto.
     Al día siguiente una preciosa muchacha, vestida con un mono de trabajo, después de limpiar la zona, ordenar unas flores y ajustar una cruz medio caída,  se plantó frente a mi pequeña puerta, colocando a continuación una placa donde se podía leer varias cosas, entre ellas  mi nombre y una frase muy peculiar: " Descanse en Paz" 

domingo, 19 de octubre de 2014

Ciento cuarenta y cinco kilos


     En el aparcamiento para clientes dentro de las instalaciones, el encargado de taller recibía un vehículo para revisar. Atendía al señor e indicaba a un operario que guiará a la acompañante, que portaba un perrito en brazos, a la zona de espera dentro del edificio donde se encontraba la exposición.

      Ismael, un administrativo del área comercial,  descansaba cinco minutos y mientras daba rienda suelta al deseo mal controlado de fumarse un cigarrito. A su lado; Virginia, del servicio posventa, también disfrutaba llenándose los pulmones con la nicotina y alquitrán de ese humo caro y perjudicial. Se encontraban charlando cuando, de manera discreta,  cruzaron miradas de perplejidad al ver a la mujer que se dirigía a la puerta que tenían detrás: estatura media, obesa, vestido chillón lleno de flores gigantes, con serias dificultades para andar y que cargaba en su pecho un perrito de raza pequeña.  La tranquilidad se vio truncada cuando la comitiva llegó a donde ellos se encontraban; el can se movió, la señora ocupada intentando que el animal no se le cayera de los brazos y un inoportuno pequeño bordillo.

      Ismael de forma instintiva saltó a un lado para no ser aplastado por esa masa humana de más de ciento cuarenta y cinco kilos, mientras, el pequeño perro salía volando y se estrellaba contra la puerta de cristal, la señora caía y se ponía a gritar cuando el suelo la recibía con estruendoso temblor. Quedando en una postura grotesca y con los pliegues de la falda ocupando el lugar donde segundos antes se encontraba el perro.

      La mujer, que era la madre del cliente, estaba  tirada en el suelo,  se desgañitaba llamando a su mascota y pegándoles manotazos a todas y todos los que intentaban, sin éxito, levantarla. Un perro asustado escapando con el rabo entre las piernas, un trabajador del taller corriendo tras el perro para recuperarlo, un coche que golpeaba a otro para evitar atropellar al fugitivo y el sol cayendo a más de treinta grados en ese momento.

      Virginia, con voz amable y tranquila, intentaba convencer a la señora para que les dejara ayudarle a levantarse. Esta se negaba a moverse hasta que no estuviese de vuelta su niñito de cuatro patas, a la vez que dejaba escapar los codos y las manos contra quien osará tocarla.

      Diez largos minutos pasaron en la misma tesitura, esta situación tan embarazosa terminó cuando el hijo regresó y obligó a su madre a aceptar la ayuda para que pudiera levantarse. Otros cinco minutos más necesitó el trabajador de taller para aparecer por la puerta del recinto con el animalito en brazos, cubierto de sudor, despeinado y con media sonrisa de triunfo en los labios.


     Ya resguardados en la sala de espera y bajo el manto protector de un potente aíre acondicionado, la cliente (junto a su hijo) se recuperaba del susto sentada en un cómodo sillón, tan solo se quejaba, ante el personal de atención al cliente que la estaba acompañando, de una leve molestia en un costado. De eso estaban hablando cuando se le hizo entrega a la señora de su perrito. Este, todavía nervioso, confundió las flores del vestido con un inmenso jardín, regalando a su dueña con todo el contenido de sus entrañas. 

martes, 28 de mayo de 2013

SALIDA AL CAMPO


Después de varios días de lluvia y frío,  por fin ha salido el Sol. No era muy potente, pero lo suficiente para estarse calentito donde pegaban sus rayos. Ante este magnifico día, comparado con el resto, Toni decidió que saldría a correr un rato, calculó que tendría que irse sobre las cinco de la tarde para que el ocaso del sol no le pillara, todavía estaban en invierno y anochecía temprano.

     Al final, entre visitas y personas conocidas que se iba encontrando a la vuelta de la compra,  se retrasó más de lo habitual. La comida, entre prepararla y disfrutarla casi se merienda, por lo que a la hora prevista todavía no estaba listo para salir a rodar. Eran más de las cinco y media cuando, embutido en sus mallas negras con franjas naranjas y dentro de su cortaviento azul marino, salía de casa en dirección al campo. Aunque el astro rey todavía calentaba, las ráfagas de viento eran  fresquitas. Inició su andadura, a la salida del pueblo echó a correr despacio, cuando llegó a la primera pista aumentó el ritmo,  le quedaba menos de una hora para que la noche le cayera encima.

     Toni corría y corría, quería llegar al punto kilométrico marcado en menos de treinta minutos, el camino de tierra subía y bajaba adentrándose en el bosque. La prudencia le debía de haber  advertido de que las subidas pronunciadas las tenía que hacer a un ritmo muy inferior, pero esa virtud se encontraba de vacaciones. Predominaba la sensación de miedo a la oscuridad en  esta zona solitaria plagada de árboles y ruidos de la naturaleza.      Y lo que era lógico que sucediera… sucedió. Toni reventó como el Lagarto de Jaén, el fuerte ritmo impuesto, la cantidad de bajadas, subidas y la falta de un entrenamiento continuado le pasaron factura. Él no quería parar, su obsesión era seguir corriendo, pero el cuerpo y la cabeza no le acompañaban. Paró, se puso a andar y a beber de la botellita que llevaba encima. Todo comenzaba a darle vueltas, le costaba respirar y un malestar, cada vez más profundo le entraba en la boca del estomago. Tuvo que apoyarse en un árbol, se sentó y buscó con la mirada a cualquier persona que anduviese por esos caminos… lo último que vio fue un trozo de cielo lleno de nubes de un color gris oscuro.

     Despertó desorientado, le dolía mucho la garganta y tenía sensación de nauseas. Sentía frío y todavía se encontraba un poco mareado. Poco a poco fue recuperándose.  Había perdido el sentido, posiblemente por una lipotimia. Se levantó y reemprendió el regreso a casa. La oscuridad era casi completa, se conocía el camino y apenas estaba a seis kilómetros del pueblo, pero rodeado de vegetación y sin luz no podía evitar que el miedo le invadiera. Cualquier ruido le alarmaba; un conejo que salía disparado de un matorral por el que  él pasaba, un grupo de perdices que asustadas elevaban el vuelo o el roce de sus ropas. De nuevo inició el trote, con precaución para no destrozarse un tobillo o no tropezar, la visibilidad era escasa.

     Era una noche cerrada, las nubes ocultaban la luna y las estrellas, la poca luz que se escapaba de entre esas bolas oscuras de algodón dibujaba figuras fantasmagóricas ayudadas por los árboles y arbustos. Toni tenía dos opciones; dejarse llevar por la desesperación o mantener la cabeza fría y llegar a casa. Optó por lo segundo. Sabía que; paso que daba era un metro menos que le faltaba para llegar, por lo que se impuso correr despacio pero de forma continuada. Su mente la ocupó con imágenes del bosque en pleno amanecer: los colores vivos, los cantos de los pájaros, cientos de olores maravillosos y esa sensación de libertad que le invadía. Se embutió en esa idea y siguió hacia adelante. 

     Gruesos goterones de agua le golpeaban en todo el cuerpo y la temperatura bajaba más a cada momento, apenas le quedaban tres mil metros para llegar a la entrada del pueblo. Era imposible avanzar, tenía que buscar un lugar seguro y seco hasta que amainase la tormenta. Recordó que a pocos metros se encontraban las ruinas de unas pequeñas instalaciones de la vieja mina, apenas veía y se esforzó por vislumbrar algún pequeño indicio que le guiase, aunque con esa oscuridad era imposible ver nada. A su parte derecha creyó ver un pequeño resplandor y se dirigió a él con mucha precaución. La pequeña emisión se movía despacio y lo fue guiando hasta que encontró la casa adosada a la montaña. Evitando los escombros entró por lo que creía que había sido alguna vez la puerta. Toni se guiaba por la suave luz que veía al fondo, de su boca salieron palabras de aviso advirtiendo de su entrada en la casa: ­— ¡HOLA!, ¿HOLA?, ¿hay alguien ahí?— decía con voz temblorosa.
— Solo busco refugio, hace frío y llueve demasiado fuerte, ¿hola?—.
A medida que hablaba y cuando llevaba bastantes metros andados, se acercaba a la habitación vagamente iluminada. Se asomó, vio a un chico de entre trece y dieciséis años de edad, sentado, de espaldas y con las manos extendidas hacia una vela.
— Hola, me llamo Toni y busco refugio. ¿Te importa que me quede contigo un rato?
El muchacho se giró y  le hizo gestos para indicarle que se aproximara. Lo hizo, la luminosidad de la vela reconfortaba pero hacía mucho frío, una corriente de aíre que provenía de una esquina, al fondo de la habitación, de lo que debió ser un derrumbe parcial del techo, lo estaba congelando. El joven extendió su brazo y con su dedo señaló una chaqueta que estaba tirada en un rincón llena de polvo. Toni se levantó, la cogió y se la puso, le venía pequeña pero no le importó, necesitaba entrar en calor. Los minutos fueron pasando y el muchacho no decía nada, se limitaba a estar sentado junto a la vela. Después de un buen rato, o eso le pareció, la calma secundaba  la tormenta dejando de llover. Toni se levantó y le dijo al chico que deberían marchar, que tenían que volver, era hora de que regresaran al pueblo. El joven le miró mientras se incorporaba, una gran sonrisa ocupaba su cara y le dijo adiós con la mano  a la vez que Toni salía de la construcción, apagó la vela y se encaminó hacia la parte destruida de la habitación donde se encontraba.

     Toni nada más entrar en el pueblo se topó con la Benemérita, el coche de la Guardia Civil con las luces giratorias azules encendidas frenó delante de él y bajaron el sargento y el conductor — ¿Toni García?, ¿Eres Toni García?
— Sí, soy yo. He tenido problemas con la tormenta, pero por fin he llegado.
— Hemos recibido aviso de Doña Juliana, usted había salido por la tarde a correr y no tenía constancia de su regreso. Íbamos ahora a buscarlo— le informó el sargento.
— Siento mucho las molestias, me ha pillado el aguacero, se me ha hecho de noche  y no podía continuar. Me he tenido que refugiar en La Mina.
— No pasa nada, para esto estamos. Suba al coche y le llevaremos a su casa, necesita una buena ducha y quitarse la ropa mojada.

Entró al coche y cuando llegaron a la puerta de su domicilio, se encendieron las luces interiores del habitáculo, el sargento se giró en su asiento y se dispuso a despedirse de Toni, antes de decir nada su cara cambió, estaba blanco y señalándole dijo: — ¿esa chaqueta es tuya?, ¿de dónde la has sacado? ¿DIME DE DÓNDE LA HAS ENCONTRADO?
— No es mía señor, tenía frío y la cogí de la ruina donde me cobijé en La Mina. Estaba tirada en el suelo de la habitación— le respondió.
— Tendrás que acompañarnos, nos vamos a La Mina. Llévanos, exactamente, al lugar dónde has encontrado esa chaqueta.

     Toni, cansado y aterido de frío, no entendía nada, pero intuyó que algo grave estaba sucediendo y que se había visto involucrado. Les fue explicando cómo llegar al cuarto de donde recogió la chaqueta y les indicó como llegar con el coche al sitio  exacto. El sargento cogió la linterna y bajó muy apresurado adentrándose en la casa medio derruida. Él se quedó en el automóvil y le preguntó al conductor qué era lo que estaba pasando. La historia era sencilla y trágica;  en un día como hoy, hace dos años  exactamente y  también con tormenta, su hijo de catorce años desapareció. Hasta el momento nadie había tenido noticias suyas. Se le buscó por los alrededores del pueblo, se hicieron batidas por los bosques, pero no se le encontró. Tenía la costumbre de salir a pasear y a correr solo. Ese día había salido a pasear y llevaba puesta una chaqueta muy parecida a la que había  encontrado, fue un regalo de su padre  por su cumpleaños. De repente, un grito desgarrador rompió la noche, el Guardia Civil saltó del coche, con la linterna en una mano y la pistola en la otra, se introdujo en la casa llamando a su superior. Toni fue detrás… al llegar a la habitación donde él se había protegido de la tormenta  vio al sargento quitando cascotes de la zona que estaba parcialmente derruida y al número enfocando con su linterna. Se acercó y pudo ver que debajo de aquellos escombros se encontraba un cuerpo que portaba la misma ropa que el chico que le acogió.

     Al día siguiente Toni tuvo que personarse en las dependencias de la Guardia Civil para relatar lo acontecido y firmar su declaración. Naturalmente, y para que no le tomaran por loco, modificó un poco la historia. Aunque y a pesar de la tragedia, en su fuero interno, estaba muy agradecido a ese joven que se levantó de entre los escombros convirtiéndose  en su Ángel de La Guarda.