Polvoriento, sucio, cansado,
apoyado junto a un coche de bomberos y rodeado de amigos y vecinos de su pueblo. Tomaban agua y hablaban
de cómo luchar contra las llamas que amenazaban con destruir todas sus
posesiones. Había sido un incendio provocado, más virulento que en años
anteriores. Un bombero conectó la radio para oír las noticias, la emisora
“pública”, pagada con dinero de todos pero al servicio de los gobernantes,
emitía las palabras del Presidente del Gobierno Autonómico. Hubo una parte del
discurso que se les quedó grabado; “…invertiremos
todos los medios que sean necesarios para combatir el fuego...”. Al oír eso
todos se miraron, una sonrisa cínica les afloró en el rostro. Ellos, exbrigadistas
forestales, que todos los años realizaban tareas de limpieza en el monte, que
habían construido corta fuegos, que vigilaban para evitar incendios y que
habían sido despedidos porque decían que no había dinero. Ellos que conocían el
desinterés de la administración para la conservación de nuestra naturaleza y sabían
que las consecuencias de esta catástrofe podían haber sido minimizadas. Ismael
bebió un último sorbo de agua, se incorporó. Todos lo imitaron, se ajustaron
los cascos, los guantes y cogieron palas, sierras y demás utensilios que con la
urgencia habían sacado de sus casas. Se encaminaron directos al Cerro del Pino
Centenario, necesitaban cortar el avance del fuego en ese punto, si lo rebasaba,
todo lo que tenían lo podían perder. Además, preferían enfrentarse a las llamas, a continuar escuchando las mentiras oficiales que surgían implacables
por la ventanilla del camión.
martes, 3 de julio de 2012
lunes, 25 de junio de 2012
AMARILLA CON RAYAS BLANCAS
Tumbado en su toalla azul,
decorada con estrellas de mar, intentaba esconder la cabeza bajo la sombra
protectora de su gran paraguas amarillo con rayas blancas. Necesitaba pensar,
ordenar sus ideas, ahora comenzaba una nueva vida en soledad. A sus cuarenta y
largos años se consideraba joven y no debía de tener ningún problema para
comenzar de cero. Se incorporó quedándose sentado cara al mar, las personas
paseaban por la orilla. Le gustaba observarlos, todos tan diferentes, pero a la
vez tan parecidos.
Surgió a lo lejos, poco a poco su
figura difuminada se fue aclarando, destacaba a pesar de la distancia. Su
silueta estilizada, su largo cabello azabache suelto a merced de la brisa
marina, ese precioso bañador de diseño que dejaban entrever sus encantos de
diosa griega y esos ojos…, dos ojos cautivadores de un negro intenso que te
marcaban a fuego si te miraban. Se
detuvo y echó un vistazo, él la miraba con cara de bobo y ojos inyectados en
deseo. Ella no lo dudó y se fue hacia allí. Juan cuando se dio cuenta miró a los lados,
miró hacia atrás y entonces comprendió que realmente se dirigía hacia su
sombrilla amarilla y con rayas blancas.
Le habló despacio, con voz suave,
se presentó y sin más preámbulos se sentó a su lado. Torpemente fue contestada
e invitada a una cerveza fría de su nevera portátil. En pocos minutos la
conversación era fluida, ella era hábil preguntando y Juan (al principio de
forma nerviosa e imprecisa) fue contestando. Pero a medida que disfrutaba de
esos ojos, de esa sonrisa, fue ganando en seguridad y en confianza.
Juan no se creía lo que estaba
ocurriendo, se encontraba en la playa con una preciosa sirena, le vida le
acababa de dar un giro de 180 º. Quería
que el tiempo transcurriese más despacio, quería saborear el momento. Hacia
mucho calor y ella le propuso un baño, juntos de la mano entraron corriendo al
agua. Jugaron, rieron y él no pudo evitar rozar su cuerpo con el suyo. El
estaba en una nube, se encontraba feliz, se lo estaban pasando muy bien, por
eso se sorprendió tanto cuando ella le propuso salir del agua. En la orilla
ella le beso fugazmente en los labios, luego le hizo girar la cara y le dio un
leve bocado en el cuello. Juan se quedó extasiado, no pudo reaccionar cuando
ella le dijo que en unos minutos volvía, que necesitaba recoger sus cosas. Echó
a andar por la orilla, él no le quitaba la vista de encima, ella se giró
fugazmente con una tierna sonrisa en los labios y Juan se fijo en esos ojos….,
esos ojos maravillosos que le estaban transmitiendo, ¿tristeza?, creyó ver un
atisbo de tristeza en su mirada. No podía ser, se había confundido, esto era increíble
y él era el hombre con más suerte del mundo.
Ese gran paraguas amarillo con
rayas blancas era inconfundible y Juan se encaminó hacia su toalla azul
decorada con estrellas de mar. La dura realidad le estalló sin avisar en su
cerebro ebrio de felicidad, la visión de su toalla vacía bajo la sombrilla, donde no quedaba ni rastro
de sus pertenencias, le hizo comprender el verdadero interés de una diosa
griega por un mortal cuarentón y descuidado físicamente.
miércoles, 20 de junio de 2012
LA PRIMERA CARRERA
07: 30 h. de la mañana, 700
participantes entre corredores y corredoras, todos apelotonados y nerviosos
bajo el arco de salida. El speaker avisa de la inminente puesta en marcha, los
últimos corredores se unen a la cola del pelotón. Se oye el disparo y todos
salen apresurados hacia las montañas. El
primer tramo es de asfalto y todos se esfuerzan en llegar lo antes posible al
comienzo del segundo. Thalos cuando llegó ya se estaba formando una fila para
iniciar el ascenso, la primera subida era por un angosto sendero muy complicado
para adelantar y que le obligaba a seguir el ritmo de su antecesor. Al llegar
arriba se metieron en una pista forestal. El ritmo se incrementó, muchos
aprovecharon para adelantar y para recuperar esos segundos perdidos por la
subida. La mitad de la carrera
transcurrió igual; subidas difíciles
junto a pistas cada vez más cortas hasta llegar a la cumbre de la montaña. La
vistas eran increíbles, preciosas y tramos peligrosos que invitaban a extremar
las precauciones. Enseguida el descenso por caminos complicados, con desniveles
altos y muchas piedras. Para quien no tenía técnica era mejor ir con cuidado
para no sufrir un accidente. Los kilómetros costaban en ser recorridos y el
tiempo pasaba demasiado deprisa. Había que volver a bajar por otro camino lleno
de piedras y muy estrecho, las rodillas y los pies le dolían. Él solo pensaba
en encontrar el camino que les llevaría hasta el pueblo. Punto de avituallamiento y otra vez a subir, los árboles le servían
de apoyo y se ayudaba en ellos para
impulsarse. Un impaciente comenzó a pedir paso y a punto estuvo de ocasionar un
incidente. Le recriminaron su actitud. Llegaron arriba y el camino se hizo más
ancho, “el que llegaba tarde” avivó el ritmo y adelantó a todos los que pudo.
Enseguida otra bajada peligrosa, eso no era un camino, era una grieta en la
ladera hecha por la erosión de la lluvia. Thalos extremó las precauciones, era
fácil cometer un error y romperse la crisma.
A unos 500 metros
encontraron al que tenía prisa, tenía una pequeña brecha en la cabeza y unos
arañazos en el cuerpo y seguro que el alma muy dolorida, había pisado una
piedra suelta y resbaló, tuvo mucha suerte al encontrar un árbol que le paró la
caída.
Thalos llegó a la carretera que
les llevaría al pueblo, las piernas apenas le respondían, el cuerpo le pedía
parar, otros corredores y corredoras le pasaban, pero el siguió con trote lento. Entrando al pueblo los vecinos les esperaban, los gritos
de ánimo y los aplausos hicieron que por un momento las piernas dejaran de
doler. Enfiló la larga calle que les llevaría al giro de entrada a meta. ¡Lo
había logrado!.
jueves, 14 de junio de 2012
ANIVERSARIO
Hoy
he comenzado el día de una manera especial, los sentimientos a flor de piel al
sentir el cariño de las personas que aprecio y se han acordado de mí. Pero lo
que más me ha llegado al corazón han sido frases como estás; “Papi feliz cumpleaños”, “Feliz cumple papá”, acompañadas
de regalos sencillos hechos con su propias manos rebosantes de amor y
creatividad. La palabra mágica y cargada de amor sin fisuras, “Te quiero”, me
ha sido dicha por las personas que más amo. Este es el mayor regalo que puedo
recibir, no querría otro por muy espectacular que fuera.
Si
tenemos alma, debe de ser la parte más escondida y profunda de nuestro ser, a mí
me han llegado a ella. Los sentimientos me han atravesado el cuerpo como una
flecha y me han dejado herido, con un dolor maravilloso que me hace ver lo
feliz que me siento teniendo personas que, con poco que les doy, lo mucho que me
ofrecen. Es muy difícil expresar con palabras el sentir que me embarga. Estoy
embriagado de emociones y muy agradecido por las atenciones recibidas. Sé que
muchas veces no estoy a la altura, que soy un despistado y no me acuerdo de las
fechas de los demás , sin embargo ellos se acuerdan de mi y hacen que hoy, el día
de mi 30 y trece cumpleaños, sea diferente al resto de los 364 días del año.
lunes, 11 de junio de 2012
Mañana de domingo
Aunque me encuentro refugiado
bajo un árbol este poniente me alcanza y me asfixia. El vaso de cerveza fría me
acompaña y la ropa me estorba. Me siento aislado, a pesar de tener a escasos 25 metros a varios niños jugando dentro de la piscina, pero
el piar de los pájaros, la ausencia de ruido de los coches, el sonido de las
ramas mecidas por el viento y la no presencia de más adultos en las cercanías,
me permiten concentrarme en mis cosas y disfrutar de la soledad del momento. Tengo
un libro en mis brazos, he comenzado a hojearlo. El principio está lleno de
datos que el autor puede considerar importantes para el desarrollo de la trama,
pero a mi no me incitan a continuar. Oigo
voces que se acercan y me rodean, deduzco que me han visto solo y quieren
hacerme compañía, sin saber que en estos momentos estoy con mucho calor, pero
disfrutando de mi aislamiento. Antes de sentarse me saludan y miran
descaradamente al libro. Como no lo conocen se les rompe esa vía de dialogo,
¡bien!. Me asaltan con la típica pregunta; ¿qué haces aquí tan solo?, y continúan
con; ¿cómo llevas el calor?. Les miento, les digo que apenas noto este
desagradable aíre caliente y que Paco, Lidia y Antonio han ido a por bebida. Comienzan
a invadir mi espacio, cada vez se acercan más. Quieren entablar conversación,
¡qué pesados!, e interesarse por mi vida. Me acaban de fastidiar mi momento de felicidad acalorada. Les
contesto con monosílabos e intento no darles cancha. Ellos insisten, ¡me están jorobando!,
la cerveza se acaba, la boca se me seca y el sudor invade mi ropa. No sé que
tengo, no sé que les atrae de mí, pero no cejan en su empeño de aproximarse.
¡No lo aguanto más!, me levanto, me excuso y me encamino hacia otra parte. En
cuanto salgo de mi árbol me doy cuenta de mi error, lo veo todo nítido y claro.
No querían hacerme compañía, solo deseaban conquistar el trozo de sombra que yo
poseía.
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