martes, 19 de enero de 2016

Gatillazo

 
    Los vasos de plástico con los restos de  cerveza volaban por encima de nuestras cabezas,  el movimiento de la marea era constante, aunque descontrolado,  e intentando seguir el ritmo trepidante de la música en directo del estupendo grupo de punk-rock que actuaba en ese momento. El perfil de los asistentes era variado y pintoresco,  desde los que vestían de la forma más usual o los más cercanos a la tribu;  con sus crestas, cremalleras, tatuajes y camisetas rotas. Todos unidos en una perfecta armonía,  creada gracias a la poesía reivindicativa que eran esas letras maravillosas junto a ese sonido urbano. El flujo de personas era intenso, no había un momento de quietud. Cuando no pisabas a alguien, te pisaban a ti, los empujones y choques eran constantes (todos de buen rollo, eso sí). Otros no paraban de pasar cargados con vasos hasta el borde de bebida que iban derramando encima de quien tenían al lado en su intento de llegar al sitio que ocupaban antes. El suelo estaba pegajoso y el ambiente cargado de olores diferentes;  alcohol,  hierba y sudor eran los predominantes. Las caras de satisfacción estaban concentradas en el escenario y nada importaba salvo pasarlo bien  ¡joder, estábamos de concierto!
     Después de varias horas, con muchas cervezas ingeridas y en pleno éxtasis musical, me encontraba arrinconado a un lado de la sala,  apoyado en la pared. Unas manos voraces y sedientas de pasión recorrían mi cuerpo por debajo de la ropa de manera concienzuda: cuello, hombros, espalda, ingles, barriga, pecho, pezones... caricias que me transportaban a un estado muy placentero. Lola se había unido desde atrás a mí. Me abrazaba, me acariciaba, su lengua dejaba su rastro en mi cogote y en los  lóbulos de mis orejas. Yo, totalmente embelesado, giraba mi cabeza hacia ella mirándola de vez en cuando y sin parar de moverla  al ritmo de la música, circunstancia que ella aprovechaba para devorarme los labios. En más de una ocasión fue muy fácil olvidarse del resto del mundo mientras nuestros cuerpos se dejaban llevar de manera instintiva.
     La actuación llegó a su final, en ese instante solo pensaba en salir  de ahí y culminar la noche con mi pareja. Henchido de pasión,  con una presión en los bajos insoportable y cogidos de la mano nos fuimos entre empellones hacia la salida.
      El frío de la noche nos golpeó de forma cruda en la cara. La sangre comenzó a llegar al cerebro después de tanto tiempo retenida a mitad de camino. La realidad se reía de nuestro momento de felicidad;  la temperatura no invitaba a perdernos en ningún solar, no teníamos vehículo y apenas dinero para un taxi. Nos miramos a la cara, una amarga sonrisa de impotencia se apoderó de las mismas, tendríamos que esperar a mejor ocasión.     

miércoles, 6 de enero de 2016

Despertar

    Solo, tumbado en el sofá y dejando las horas pasar . Era tarde de Reyes Magos y no tenía nada que hacer, sus hijas estaban en casa de su ex y la tensión  vivida en las recientes fechas navideñas le instaron a encerrarse en casa y a olvidarse de una familia que él estaba convencido que ya no lo necesitaba . Tenía que replantearse la vida que llevaba, era momento de renacer de las cenizas y comenzar una nueva historia.
     "Ding  dong, ding  dong", "ding dong, ding dong". De manera insistente sonaba el timbre de la puerta. Se abalanzó deprisa al telefonillo y pulsó el botón de apertura de la puerta , no esperaba a nadie, tampoco estaba de humor para aguantar a ningún pesado o pesada que le contará los muchos regalos recibidos en un día tan especial.
     Como una tromba entró Cloe, su hija no le dejó reaccionar ni abrir la boca. Sin apenas respirar le soltó una reprimenda de campeonato: que si no sabía beber, que era un desagradecido, que como había sido capaz de insultar a los abuelos, por qué no era capaz de perdonar a su madre tras cometer  un error cuando él se había comportado como un cerdo en numerosas ocasiones... La lista era larga y en apariencia bien estudiada. Cuando se desahogó lo miró largamente,  el silencio inundaba la habitación.   Cloe no dijo nada más, dejó en la mesita un paquete envuelto en papel de regalo y después de darle  un beso en la mejilla  se marchó a la misma velocidad que había entrado.

     Él, todavía estupefacto por lo acontecido, alargó la mano y cogió el obsequio, lentamente rasgó la envoltura dejando al descubierto  una caja de cartón.  Con  cuidado separó la tapa. Del interior extrajo una foto familiar preciosamente enmarcada y una nota que decía: " Papá recupera tu vida y sé feliz. Aunque la noche sea fría y oscura siempre vuelve el amanecer inundando de luz y calor todo lo que te rodea.  Te queremos y siempre nos tendrás a tu lado cuando nos necesites".  

sábado, 18 de julio de 2015

Yaya María

    San Pedro dormitaba en su garita mientras permanecía de guardia a las puertas del cielo. Le gustaba la ropa clásica y seguía vistiendo la típica toga romana de color blanco acompañada de unas caligas a juego. En una de sus cabezadas creyó soñar con un ángel que en forma de mujer le tocaba el hombro con manos de dedos torcidos. No era un sueño, allí estaba ella, con su mejor traje y su cara de contrariedad por no atenderla con prontitud.

     A ella le hubiese gustado presentarse con su níveo pelo recién salido de la peluquería,  no pudo ser y en el fondo la irritaba.

     San Pedro la observó con detenimiento, se apoyaba en un bastón e irradiaba mucha fortaleza. Comprobó en su ordenador el fichero de creyentes, ahí estaba; María, de Casa el Seco, casi noventa y ocho años de edad. Leyó su ficha con detenimiento y se quedó asombrado de su currículum, era una de los mejores miembros de la Comunidad. Había una pequeña anotación  al margen que lo ensombrecía un poco:  "es una rebelde que se niega a abandonar a su familia, nos ha costado mucho convencerla para que iniciará el viaje hacia la luz".  Luego leyó en voz alta para que ella le escuchará:

— "Sin hijos, pero ha criado  a tres generaciones. Su casa ha sido el hogar de toda la familia durante décadas. Ha intentado educar, de la mejor manera posible, a todos los que han pasado bajo su cuidado. Trabajadora, generosa y toda una vida dedicada a los demás."

Impresionante. Un historial que está muy por encima de la media. Ahora mismo le abro la puerta para que pase a la zona de recepción. Allí le darán instrucciones de cómo proceder, pero por lo que he leído seguro que le asignan un papel destacado, también tiene la opción de elegir a que va a dedicarse durante toda la eternidad.—
— A mi me dejan tranquila y deme una silla que me estoy cansando de estar de pie.— Le respondió ella con tono de cansancio.
— El viaje agota, es normal que se encuentre así. En cuanto entre por la puerta notará la transformación que se producirá en usted: físicamente aparentará la edad en la que se sienta más cómoda, dejará de sentir ningún tipo de placer o dolor corporal, se convertirá en un Ser Celestial.—
— A mí eso me dona igual, lo que yo quería era seguir estando y continuar cuidando de la familia que eso es lo más importante. Y ara anem cap a dins y déjese de monsergas.—

         San Pedro le abrió las puertas y la acompañó a recepción, nada más cruzar la puerta del cielo el cambio se produjo; rejuveneció decenas de años, dejo de apoyarse en el bastón y su mirada traviesa se fijaba en todos los detalles.  Al llegar la introdujeron en la habitación del último contacto. La invitaron a sentarse delante de una pared blanca, seguidamente le explicaron que si quería podía ver los últimos momentos terrenales que había compartido con su familia. Luego podría elegir su futuro o se le asignaría una función que cumplir. Ella que estaba preocupada enseguida aceptó las condiciones y les dijo que pusieran en marcha la película.  Las imágenes se sucedían de manera ininterrumpida, apenas se detenían en los presentes, al momento se vio tumbada dentro del ataúd en la iglesia del pueblo.

— Eixò vull veure-ho bé.—  Dijo ella, esa escena le interesaba.

     La imágenes retrocedieron hasta la llegada del cortejo fúnebre, luego la entrada a la iglesia,  los que allí se encontraban y el transcurso de la misa. Después de la comunión sucedió un hecho que no era habitual, Yaiza (una de sus biznietas sobrinas)  se dirigía al altar y el sacerdote le encendía el micro invitándole  a decir unas palabras, ella, con calma forzada,  desdoblo el papel donde había anotado las palabras que le iba a dirigir y comenzó a leer:
— "Bueno yo solo quería decir que se ha ido la mejor persona que ha pisado la tierra, la mujer más luchadora, que a pesar de todo ha aguantado los golpes y baches de la vida como una campeona. Ahora me arrepiento de no haber podido decirte te quiero  todas las veces que me hubiera gustado decírtelo y si me escuchas ahora mismo desde allí arriba..."—
— Clar que t'escolte filla meua.— pensaba María.
—" ... ¡Te quiero! Espero que estés orgullosa de mi a cada paso que dé, porque yo lo he estado de ti y siempre lo estaré. Yo sé que me  darás la mano en mi camino y espero llegar un día a ser como tú, ya que gracias a ti he aprendido que hay que luchar hasta el final. Tu camino, desgraciadamente, se ha acabado, pero espero que en el mío me acompañes cogida de mi mano. Yaya María, estuviste, estás y estarás siempre en mi corazón ¡te quiero!"—

     Un aura de amor envolvió al nuevo Ser Celestial y confirmó su convicción de seguir velando, desde el Cielo, por los suyos. Ese iba a ser su papel, se convertiría en el ángel de la guarda de todos ellos. 

viernes, 20 de marzo de 2015

Hotel Cápsula

    Dejaron aparcado el Mercedes-Benz C 220 BT delante de la puerta, que previamente habían alquilado para que me trajeran aquí. El complejo estaba bastante bien situado; una zona tranquila, buenas vistas y buenos accesos. Además, era un sitio con mucha historia, la puerta databa de principios del siglo XX  y algunas partes de la estructura eran, incluso, cien años más antiguas.  Con el paso del tiempo habían ido ampliando con construcciones más modernas.  Grandes árboles rellenaban los huecos del jardín y en los días de viento recitaban una melodía que se oía en varios kilómetros a la redonda.
  Me ayudaron a bajar y entramos en el recinto. Los empleados del establecimiento comprobaron, primero,  que estaban los papeles en regla, seguidamente nos fueron indicando entre los numerosos pasillos por donde acceder. A derecha e izquierda teníamos interminables filas de habitáculos ya ocupados por los que llegaron antes. Aún siendo un día entre semana y a las cinco de la tarde, el local estaba bastante lleno y me asignaron un aposento en la  zona más nueva.
     Precisamente, la semana pasada,  en la televisión  vi un programa sobre estos hoteles de cápsulas, pero era en Japón, estaban de moda y eran muy utilizados para temporadas muy cortas de descanso. Aquí en España, por ejemplo en Valencia, se comenzaron a construir en 1808, por lo que imagino que los asiáticos nos copiaron  la idea.   Para mí era la primera vez, yo siempre me había alojado en hoteles convencionales  y por uno o varios días.
     Calle XXI, fila veintitrés, número cinco,  esta era mi habitación. Con cara indolente los empleados  me ayudaron a entrar. Se despidieron de mí y cerraron de forma cuidadosa el hueco para que pudiera descansar tranquilo. Ahora me encontraba solo, metido en una cápsula; sin luz, sin tele y rodeado de un silencio absoluto.
     Al día siguiente una preciosa muchacha, vestida con un mono de trabajo, después de limpiar la zona, ordenar unas flores y ajustar una cruz medio caída,  se plantó frente a mi pequeña puerta, colocando a continuación una placa donde se podía leer varias cosas, entre ellas  mi nombre y una frase muy peculiar: " Descanse en Paz" 

domingo, 19 de octubre de 2014

Ciento cuarenta y cinco kilos


     En el aparcamiento para clientes dentro de las instalaciones, el encargado de taller recibía un vehículo para revisar. Atendía al señor e indicaba a un operario que guiará a la acompañante, que portaba un perrito en brazos, a la zona de espera dentro del edificio donde se encontraba la exposición.

      Ismael, un administrativo del área comercial,  descansaba cinco minutos y mientras daba rienda suelta al deseo mal controlado de fumarse un cigarrito. A su lado; Virginia, del servicio posventa, también disfrutaba llenándose los pulmones con la nicotina y alquitrán de ese humo caro y perjudicial. Se encontraban charlando cuando, de manera discreta,  cruzaron miradas de perplejidad al ver a la mujer que se dirigía a la puerta que tenían detrás: estatura media, obesa, vestido chillón lleno de flores gigantes, con serias dificultades para andar y que cargaba en su pecho un perrito de raza pequeña.  La tranquilidad se vio truncada cuando la comitiva llegó a donde ellos se encontraban; el can se movió, la señora ocupada intentando que el animal no se le cayera de los brazos y un inoportuno pequeño bordillo.

      Ismael de forma instintiva saltó a un lado para no ser aplastado por esa masa humana de más de ciento cuarenta y cinco kilos, mientras, el pequeño perro salía volando y se estrellaba contra la puerta de cristal, la señora caía y se ponía a gritar cuando el suelo la recibía con estruendoso temblor. Quedando en una postura grotesca y con los pliegues de la falda ocupando el lugar donde segundos antes se encontraba el perro.

      La mujer, que era la madre del cliente, estaba  tirada en el suelo,  se desgañitaba llamando a su mascota y pegándoles manotazos a todas y todos los que intentaban, sin éxito, levantarla. Un perro asustado escapando con el rabo entre las piernas, un trabajador del taller corriendo tras el perro para recuperarlo, un coche que golpeaba a otro para evitar atropellar al fugitivo y el sol cayendo a más de treinta grados en ese momento.

      Virginia, con voz amable y tranquila, intentaba convencer a la señora para que les dejara ayudarle a levantarse. Esta se negaba a moverse hasta que no estuviese de vuelta su niñito de cuatro patas, a la vez que dejaba escapar los codos y las manos contra quien osará tocarla.

      Diez largos minutos pasaron en la misma tesitura, esta situación tan embarazosa terminó cuando el hijo regresó y obligó a su madre a aceptar la ayuda para que pudiera levantarse. Otros cinco minutos más necesitó el trabajador de taller para aparecer por la puerta del recinto con el animalito en brazos, cubierto de sudor, despeinado y con media sonrisa de triunfo en los labios.


     Ya resguardados en la sala de espera y bajo el manto protector de un potente aíre acondicionado, la cliente (junto a su hijo) se recuperaba del susto sentada en un cómodo sillón, tan solo se quejaba, ante el personal de atención al cliente que la estaba acompañando, de una leve molestia en un costado. De eso estaban hablando cuando se le hizo entrega a la señora de su perrito. Este, todavía nervioso, confundió las flores del vestido con un inmenso jardín, regalando a su dueña con todo el contenido de sus entrañas.